El falso Legarda

Ayer descubrí un nuevo barrio en mi ciudad. Sin duda lo han debido construir a toda prisa, con materiales de segunda mano para hacerme creer que era viejo. Pero, ¿quién se cree que en mi ciudad siempre ha existido una zona llamada San Martín? Yo no soy tonto, robo en Media Markt.

 

Me dediqué pues a curiosear por el barrio, y cuál fue mi sorpresa cuando vi una sucursal cárnica perteneciente a mi familia. La carnicería de un tal E. Legarda, sin duda hábil en la caza y posterior procesamiento de perros y gatos callejeros.

 

Quise entrar a saludarle, pero no recordaba bien cuál de mis familiares era ése. Traté de ponerle cara, y al final, tras no conseguirlo, saqué el listín de miembros de la familia Legarda para ver quién era.

 

Rápidamente la ira amargó mi cuerpo, pues tras comprobarlo tres veces pude constatar que no existía ningún Legarda cuyo nombre empezase por E. Me encontraba pues con un mítico caso de usurpación de fama, un desgraciado que se aprovechaba de la fama y prestigio del apellido Legarda para obtener ingentes beneficios. ¡Y el muy cabrón ni siquiera pagaba derechos de franquicia!

 

Saqué mi machete de las épicas matanzas y me introduje  en el negocio de la mentira y la falsedad. Eché piropos a las ristras de chorizos que colgaban del techo y amenacé a las clientas allí presentes, que huyeron de mí como los policías de los ladrones. Después, me encaré con la atractiva rubia que se refugiaba tras el mostrador.

 

- Busco a ese tal E. Legarda. ¿Dónde se esconde? ¿Eres tú? – Pregunté a un cochinillo ya cadáver que se congelaba en el mostrador. Como no  me respondió, supuse que no era él.

 

La que sí respondió a mi pregunta fue la chica, confesando ser ella la portadora del falso apellido. La miré de arriba abajo, era indudable que ella no pertenecía a mi ilustre familia. Afilé mi machete.

 

- Resulta que no me gusta que alguien vaya por ahí poniéndose nombres falsos para atraer clientes, querida E. Legarda. Porque ese es tu nombre, ¿verdad?

 

En vez de confesar y tirarse a mis pies para suplicar una misericordia que no estaba dispuesto a concederle, sacó de su cartera un DNI a nombre de Elena Legarda, con su foto. Sin duda una falsificación, pues nadie en mi familia se llama Elena, ni siquiera el detergente.

 

- ¡Esto es más falso que Rajoy diciendo que nos va a sacar de la crisis! Tú no te puedes apellidar Legarda, es imposible.

 

- ¿Por qué?

 

- Porque nadie de mi ilustre familia ha concebido jamás un vástago al que pusieran el nombre de Elena. No solo osas usurpar el apellido para tus perversos fines comerciales, sino que hasta te falsificas la documentación, queriendo ser una Legarda. Eres indigna de ese apellido que nunca llevarás, por tus venas no corre la sangre de las distintas dinastías de Legardas, presentes en todos los grandes acontecimientos de la historia.

 

Ella me respondió. Fue una respuesta cortés, casi condescendiente, como si yo fuese un demente que había entrado en su tienda para decir sandeces. Y tras enrojecerse mis mejillas, abandoné el establecimiento dispuesto a ir a ahogar mis penas a un bar.

 

Porque hoy he descubierto que hay más gente con el apellido Legarda, que no pertenecen a mi familia. De hecho, es un apellido común, vulgar incluso. Cualquier mindunguis puede ser un Legarda, no solo los miembros de mi familia. Snif snif snif.

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