Yo tengo un grave problema, que se ha agravado con esta crisis económica, y es que mi culito es muy sensible. Tan sensible que el papel de periódico lo irrita mucho al limpiarlo. Y como yo nunca he creído en las bondades del papel higiénico, pues hace unos años me puse a buscar algo que me limpiase y no dañase mis posaderas.
Y al final lo encontré, allá en el río. Resulta que los billetes de cincuenta euros son idóneos para tal menester, son suaves como la lija y además absorben la mierda. Yo era un borracho feliz, aunque cada vez que iba al baño la broma me costaba doscientos euros.
Hace poco tuve la suerte de ganar algunos cientos de millones de euros con las apuestas deportivas. Huelga decir que he gastado bastante, pero aún me quedaba una suma considerable. Pero, temiendo que en breves mi culito tuviese que conformarse con billetes de rublos, decidí invertir mis fondos en algo productivo.
Muchos bancos me ofrecían rentabilidades de hasta un veinte por ciento, pero yo desconfiaba de ellos. Sin embargo, a mi despacho vino un hombre llamado Amancio Madoff (padre de la actual concubina de IBB) con una oferta que no pude rechazar: una rentabilidad del cincuenta por ciento.
Metí quinientos millones de euros en ese fondo, y el tío me juró que a cada tres meses me ingresaría los beneficios en una cuenta secreta en la isla de Zuaza. Yo firmé todo lo firmable, y el hombre me estrechó la mano.
Desde ese momento he tenido muchas dudas, creía haber sido estafado, no porque desconfiase de la buena voluntad de aquel tipo, sino porque el interés me parecía demasiado bajo. Pero ya decía mi mamma: la avaricia rompe el saco. Y os juro que es verdad, durante un asalto a una licorería se rompió el mío por el peso y las botellas se hicieron añicos.
Y ayer cumplió el plazo de los tres primeros meses. Me desplacé a nado hasta la citada isla para comprobar mi cuenta, y, efectivamente, había recibido doscientos cincuenta millones para limpiarme el culo. Mi trasero, agradecido, decidió ir a felicitar al tal Madoff.
Fui a la dirección de sus oficinas, ubicadas en un punto concreto de la carretera nacional. El caso es que la dirección me sonaba de algo, y al ver el local vinieron gratos recuerdos a mi mente, a la vez que surgían dudas. Estaba frente a un burdel de alto standing, el “Punto rojo”.
Extrañado por el hecho de que un brillante financiero trabajase en un puticlub, me introduje con sigilo en su interior. Pronto advertí algo extraño, no había damiselas a las que su ropa intentase asesinar (por eso tienden a pasearse desnudas), ni siquiera fornidos hombres en tanga. Solo merodeaban por ahí ejecutivos trasladando carretillas llenas de fajos de billetes.
Buscando a Madoff para exigirle una explicación me colé en una de las habitaciones que antes eran reductos de perversiones placenteras. Y casi tropecé con un montón de camitas redondas pequeñas, donde billetes de quinientos yacían en plena unión de índole sexual.
Me quedé perplejo, pero aliviado. De modo que era así como se obtenían esos beneficios tan sorprendentes. Poniendo a los billetes a procrear. Nuevas dudas me inundaron. ¿Cuánto duraría el parto? ¿Cuántos billetes saldrían de cada camada? ¿El gobierno subvencionaba cada hijo?
Dejé a los billetes en su más pura intimidad, tras ver que gozaban con su trabajo procreador, y me dispuse a abandonar el local. Tenía la imperiosa necesidad de poner una pequeña factoría de dinero en mi propia casa, untando los billetes con viagra y dándoles afrodisíacos. Borracho sabio vale por dos.
2 comentarios
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Te felicito, el articulo es muy original y de buen gusto, me estuve riendo casi de principio a fin.
Pareces como escritor profecional…