A mí me cuesta mucho ser hipócrita. Si veo a un cretino con cara de cretino y pintas de cretino que me dirige cretinamente la palabra yo lo llamo cretino. Y si se atrever a contestarme, entonces saco mi lista de insultos más comunes y lo pongo más verde que las plantas de Melendi.
Pero claro, esa vorágine de insultar a todo dios sin tener compasión alguna tiene ciertos inconvenientes. Últimamente los que no se suicidan tras mi retahíla de insultos osan demandarme ante los tribunales. Y no entiendo aún el porqué, pero siempre pierdo.
Hace unos días entregué a mi abogado el cheque mensual para pagar todas las indemnizaciones por descalificaciones al personal. Otro millón y pico de euros gastado, pero… ¡Que satisfacción obtenida a cambio! Claro que como siga así en quinientos meses me voy a la ruina.
Así que he decidido buscar una solución que me permita seguir insultando sin tener que pagar a cambio. Para ello me cité con un experto en el tema, Iñaki Anasagasti, que insulta hasta al monarca sin que se le echen encima.
El hombre me recibió como esperaba, chillándome por llegar tarde. Aquel hombre era desde luego un maestro de la ofensa, un insultador profesional, y a pesar de ser del PNV era digno de mi admiración.
Tomando una cerveza Pagoa me contó el secreto para salir impune de tantos insultos. Me hizo jurar que no le contaría a nadie lo que es y cómo se puede obtener una Licencia para insultar.
Las expide el gobierno central a personas que por su oficio o condición necesiten una de ellas. Lo tienen políticos y periodistas del corazón, y algunos pobres dementes que profieren insultos por doquier.
Yo no reunía ninguna de esas condiciones, pero al final mi psiquiatra, el doctor Colillas, me hizo un justificante de demencia con diarrea verbal de insultos, y yo pude tramitar el papeleo para obtener mi licencia para insultar.
Ayer me llegó el carnet necesario para tal menester y una guía de más de dos mil páginas con las fórmulas de descortesía que puedo emplear sin que me castiguen, salvo quizás unos azotes por parte de una sexy maestra.
¿Qué creéis que hice nada más tener en mi poder el carnet? Me tomé una birra y calculé un plan de actuación. Ahora podría ofender s todo dios. Corrí a mi espejo y me insulté con todo lo imaginable. Después me saqué la lengua, pues no me podía demandar.
Acababa de calentarme, ya estaba listo. Saqué mi megáfono, recuerdo de aquella manifestación en la que derroté a un centenar de familiares de los presos de ETA, me lo colgué del cuello y fui en tranvía hasta el centro de mi querida ciudad.
Persona que caminaba por la calle, persona insultada sin piedad. La gente empezaba a acojonarse, se escondían en soportales o asaltaban a los coches que por allí circulaban para poder escapar de mi rabia furibunda. Solo tres se atrevieron a hacerme frente, hasta que los dejé más sordos que mi mamma cuando yo le pedía caramelos.
Pero claro, alguien con algo de valor se había atrevido a llamar a la policía. Tres coches patrulla me rodearon. Yo, en vez de acojonarme, empecé a insultarles. No se atrevían a salir de los coches.
Al final un novato de sesenta años fue expulsado del coche, y se dirigió hasta mí apuntándome con su pistola. Yo me reí, pues no la había cargado con agua. Le planté me licencia para insultar en las narices, osé llamarlo gordinflón, y le dije: sayonara, baby.
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