Muchos de vosotros me estáis empezando a preguntar una cosa muy curiosa: ¿Qué es un borracho sabio? Me lo habéis dirigido a mi sección de “Preguntas absurdas, respuestas idiotas”, pero el caso es que no es una pregunta tan idiota y su respuesta es de necesario conocimiento.
Un borracho sabio soy yo, queridos lectores. Por eso cada dos por tres digo eso de borracho sabio. Pero aparte de un servidor hay muchos borrachos sabios por el mundo. No tantos como debiese, pero sí los suficientes.
Un borracho sabio es un ser superior, más incluso que los borrachos convencionales. Porque reúne en su persona dos cualidades imprescindibles: su afición por el pirripipi y su sabia sabiduría.
Pero no estamos hablando de una sabiduría común, sino de la habilidad de razonar con efectividad en todos los temas referentes a la utilización. Por ejemplo, un borracho sabio es perfecto para preparar el mítico cubata de tres cuartos de alcohol, tiene una habilidad especial para calcular cuanto cuesta por cabeza un botellón y se conoce cada uno de los bares de su ciudad. Entre otras muchas habilidades por el estilo.
¿Quién es el encargado de decidir qué borracho es sabio y cual no? Hay una comisión etílica estatal que se encarga de expedir el título de Sabiduría borrachil, formada por los tres alcohólicos más importantes del país. Si, lo habéis adivinado, yo estoy entre ellos.
Depende también del reconocimiento como tal de la orden de San Alcohol, algo imprescindible porque el borracho sabio tiene la capacidad de oficiar sus misas, ejerciendo como sacerdote y cobrando un sueldo por ello. Para que luego digan que no es un borracho sabio.
¿Y cómo se consigue el título? Hay tres opciones para ello. La primera es el soborno de las partes que conceden la titulación, altamente recomendable y cuyo coste es de treinta mil euros por barba. Yo seguí este método.
Luego está la que usan los autodidactas que desde su más tierna infancia se trasquilaban hasta el alcohol de curar heridas. Se tienen que enfrentar a una serie de pruebas de habilidad y sabiduría, muy complejas, y que siempre suspenden. Es por ello que acaban sobornándonos.
Y por último, la convencional, es como una carrera universitaria pero sin fiestas ni orgías en la residencia de estudiantes. Durante tres años acuden a diferentes clases en la que se les enseña todo lo necesario para que el día de mañana ningún camarero se ria de ellos.
Se pueden apuntar ya desde los dieciséis, en las escuelas de la Asociación Etílico Sensata, y aprenden cosas tan importantes como aprender a beber o a resucitar después de un coma etílico.
Cada cuatro meses se les hace un examen sobre lo que están estudiando, que nadie corrige, como en toda universidad que se precie. Se encarga de ponerles la nota un tal Rioja, experto en tirar dados de diez caras. Es un maestro en lo suyo, y tiene el record de suspensos, de un setecientos por ciento.
Estas sabias enseñanzas no son gratis precisamente, y a lo tonto acaban pagando más de lo que cuesta el soborno, y solo tienen el nivel bajo de Sabiduría borrachil, ya que han malgastado tres años de su vida a lo tonto cuando por menos dinero habrían tenido sin problemas el título. Eso no es de borrachos sabios.
¿Os animáis a formar parte del ilustre Colegio de Borrachos Sabios de España? Tendréis múltiples ventajas, como descuentos en compras de alcohol al por mayor y trato preferente en la lista de trasplantes de hígado. Es la mejor decisión que podéis tomar, camaradas.
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