700.000 Peperos Humillados: Juicio sumarísimo

Desde que los peperos se instalaron en mi barrio hace ya meses para reivindicar que estaban ofendidos, intentando que yo les pidiese perdón, han intentado mil y una estrategias para lograr sus reivindicaciones. Se nota que no brillan por sus luces, los muy idiotas. O eso creía yo, porque con la celebración de los setecientos mil peperos humillados me llegó a casa la citación del Tribunal Supremo de Valencia.

 

Al parecer los peperos han presentado allí (aprovechando que el presidente de dicho tribunal, De la Rua, es afín a ellos) una querella contra mí por injurias. Yo al principio no lo entendía, puesto que decir que los acólitos del PP son unos fascistas y unos asesinos es decir la verdad.

 

Pero conversando con mi abogado me comentó que o tenía pruebas fehacientes de mis afirmaciones o sería condenado. Y al enterarse de quien me juzgaría, me dijo que ni siquiera las pruebas me salvarían. Ya estaba de antemano condenado por mi ideología política. ¿Me llevarían a un campo de concentración?

 

La tristeza me invadió, pues a pesar de que he pasado grandes momentos en la cárcel, mi intención era no volver en una buena temporada. Supliqué a mi abogado por si tenía alguna posibilidad de salvación, y él, tras pensárselo mucho, me dijo:

 

- Solo podrías eludir la pena si demuestras que tú no eres el autor de esas afirmaciones, cosa que veo difícil, ya que hasta tu foto sale en el Blog. Pero se podría intentar algo.

 

Y así fue como ayer nos presentamos ante el supremo, yo cabizbajo y apenado, para escuchar unas graves acusaciones. Eso sí, llevaba mi as en la manga, y por si acaso, cuatro reyes en los gayumbos.

 

El abogado pepero empezó su acusación leyendo mis más mordaces post contra el PP, de los que yo estoy orgulloso. Son como mis hijos. Por lo tanto, me dolía tener que renunciar a mi paternidad. Pero era necesario para mantener mi reputación a salvo.

 

Después de la perorata, el abogado explicó que tan solo pedían la compensación en forma de suplicatorio de perdón a los setecientos mil peperos, uno por uno. Algo más inadmisible que morir en prisión. Lo tenían claro, los muy peperos.

 

Llegó mi turno de declarar, y entre llanto confesé que yo no era quien escribía mi Blog. Todos se quedaron de piedra, y la acusación me preguntó quién era entonces la mano oculta tras esos post.

 

Confesé que hace cosa de dos años y pico pedí a mi vecino, un escritor en ciernes, que escribiese una biografía sobre mí. Mí vecino, el odiado Txetxu Olarte, había gozado de plena autonomía, no lo había condicionado a escribir nada político. Por tanto, las acusaciones de genocidas y corruptos eran responsabilidad suya.

 

No sé por qué el acusador no me creía, y entonces yo mostré el contrato, un contrato evidentemente falso, pero con la autentica firma de Txetxu, que mi hábil abogado había conseguido engañándole. Le había hecho creer que era una carta de protesta contra mí.

 

Así son las cosas. Yo quedé absuelto y Txetxu, entre gritos que denunciaban su inocencia, fue obligado a pedir perdón uno por uno a todos esos peperos humillados. Yo, desde mi ventana, me descojonaba.

 

Espero que con este truco consiga que ese ejercito de ocupación de peperos abandonen los barracones que han extendido por mi barrio, creyéndose resarcidos, y que por fin la paz vuelva a mi ciudad. No sé, después de tantos intentos, no pensé que fuera a ser tan fácil.

 

Les veo hacer las maletas. Espero que nada falle esta vez. 

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