Un bebé elefante

Las empresas pueden llegar a ser muy crueles y malvadas con aquellas personas que acuden a ellas pidiendo un puesto de trabajo. Por eso me gusta ser jefe, para reírme de los aspirantes en su propia cara. Pero claro, hay veces en las que se cometen injusticias. Y luego viene la venganza.

 

No, no es que ningún aspirante furioso me haya quemado el coche (le disparé a tiempo al muy cabrón). Hoy os voy a contar la triste historia de Trompy, un bebé elefante cuya ilusión era conducir un autobús urbano de TUVISA.

 

Antes de nada, debo contaros que un bebé elefante tiende a ser veinte veces más grande que un elefante normal. A lo largo de su vida los elefantes encogen, y cuando ya son muy viejos acaban siendo vendidos como figuritas en tiendas de todo el mundo. Por tanto, Trompy era tan grande como el Athletic de Bilbao.

 

Trompy decidió emigrar de su Cuenca natal para cumplir su sueño. Pero en Vitoria se encontró con la crueldad de un malvado jefe. Si, amigos, lo habéis adivinado, no le dieron el trabajo de conductor de autobús. Y no fue por su temprana edad, sino por una razón discriminatoria: su tamaño.

 

Le vinieron con una excusa absurda, que no cabía en el asiento del conductor. Pobrecito, lo estaban llamando elefante a su propia cara. Si es que hay gente con menos tacto… Seguro que ese jefe era familiar de IBB.

 

Trompy se llevó un disgusto tremendo. Pero los de TUVISA se lo llevaron más grande aún, ya que el elefante decidió sentarse sobre el edificio de la empresa, reduciéndolo a arenilla.

 

Después, no contento con su venganza, fue por toda la ciudad engullendo todos los autobuses que encontraba a su paso. Corría por la carretera provocando un enorme terremoto. Hasta se ventiló al tranvía, pero éste, con una cruel maniobra, escapó por su culo y siguió su camino.

 

Y aquí es donde entra en escena un tal Mamarrachi Legarda, que resulta que soy yo, al que se le había averiado el coche. No sé por qué, pero se había vuelto invisible, yo no lo veía en el vado reservado donde lo había dejado. Resignado, decidí coger un autobús que me llevase a algún bar.

 

Y cuando estaba a punto de montarme en uno, Trompy lo absorbió con su trompa. Yo me caí al suelo, y estaba a punto de ser pisado por su enorme pezuña cuando recordé cómo se duerme a un bebé elefante.

 

Es una nana ancestral que se ha de cantar con dos instrumentos indispensables, que yo guardo en mis harapos por si algún día lo necesito. Y ahora era el momento. Canté a pleno pulmón.

 

PARA DORMIR, PARA DORMIR, A UN BEBÉ ELEFANTE, SE NECESITA, UN CHUPETE GIGANTE. Y UN SONAJERO, DE COCO. Y SABER CANTAR UN POCO.

 

En cuestión de segundos Trompy cayó rendido sobre los tres coches patrulla que lo perseguían. Yo aproveché su sueño para llevármelo, antes de que otro lo encontrase y se apoderara de él.

 

Trompy y yo ahora tenemos una gran amistad. Yo le doy licor de cacahuetes y él me lanza con su trompa por los aires, para ir al trabajo. He puesto unas colchonetas en la azotea y todavía no tengo ninguna lesión grave. Como mi coche no se desinvisibiliza…

 

Lo que no sé es dónde meterlo. Ahora campa por los jardines de mi barrio, pero cada vez que ve un urbano lo destroza. Estoy pensando en alquilar un hueco en las cocheras de TUVISA, son lo suficientemente espaciosas para que viva en ellas, ahora que no hay autobuses.

Aún no hay comentarios

Aún no hay comentarios.

RSS de los Comentarios Identificador URI de TrackBack

Deja un comentario