He perdido la cabeza…

Snif snif snif. No lo había pasado tan mal desde que me partí el culo… ¿Por qué me pasan estas cosas? Debo de estar pasando por una mala racha de esas en las que tu mujer te deja por el lechero, porque voy de bar en peor, y creo que esto no tiene remedio.

 

Ayer era Hallowen, y yo como fiel borracho afín a siniestras tradiciones me había apuntado a la idea de asustar al personal, con la iniciativa de provocar más de cincuenta infartos por hora. Además, como este año los obispos se han puesto en contra de la festividad, pues estaba más motivado que cuando me tomo tres cachis de absenta.

 

Pero, ¿cómo asustar de forma efectiva a las personas? Ya con un ¡BU! no basta para hacerles caer rendidos, ni siquiera no habiéndote peinado. Después de años de experiencia ya están curados de espanto y ni apuntándoles con un rifle de asalto se cagan vivos.

 

De repente me acordé de una escena que había visto en una película, o quizás fue en la calle, en la que un hombre decapitaba a otro, y la cabeza, una vez separada del cuerpo, seguía llamándolo cabrón. ¿Podría hacer yo lo mismo pero con mi cabeza?

 

Antes de nada lo consulté con un especialista, ya que creo que si te cortas la cabeza ya no te la puedes volver a poner. No quería correr riesgos, y fui a casa de mi carnicero para preguntarle por el caso.

 

Resulta que si te tomas orina de burro con leche de rata puedes arrancarte miembros de tu cuerpo sin problema, ya que después, usando pegamento Loctite puedes volver a ponértela en su sitio. De esa manera yo podía arrancarme la cabeza y hacer efectivo mi siniestro plan.

 

El primer lugar donde fui fue la residencia de monjitas de mi barrio. Les pedí por caridad un vaso de tinto, y me levaron a una sala donde todas ellas me preguntaron por mi vida, sin duda creyéndome un vagabundo inofensivo.

 

En ese momento me agarré las rastas y separé mi cabeza del cuerpo. Con ella en la mano, empecé a cantar la Marsellesa, mientras que bailaba sin mucha coordinación. Dios, que gozada. Era incluso mejor que sacar la lengua a los policías.

 

En cuanto comprobé que todas ellas habían huido hasta la capilla, corrí a buscar nuevas víctimas. Fui de portal en portal causando estragos, haciendo que tiernos infantes (si, les mordí, ¿pasa algo?) acumularan suficientes traumas infantiles como para alimentar a tres generaciones de psiquiatras, que personas ya maduras se cayesen al suelo como los guindos de los árboles, y que varios jóvenes se grabasen con el móvil conmigo para subirlo al yutufe ese.

 

Estaba frente a la última casa en la que pensaba hacer el truco, y cuando la pareja de ancianos me abrió yo me eché mano a la cabeza. Pero mi cabeza no estaba allí, casualidades de la vida. La debía haber perdido por algún lugar mientras asustaba a toda la cuidad.

 

Había recorrido tantos sitios… A saber dónde podía estar. Pero eso no era lo peor, ya que sin ojos me era muy difícil encontrar mi coco bongo. Aunque, si se trataba de mi cabeza, es muy fácil adivinar dónde puede estar: en un bar.

 

Tampoco se vive mal sin cabeza, así no tengo que pensar, pero la gente huye de mí en cuanto me ve, y no puedo beberme las copas porque no tengo boca. Queridos lectores, voy a poner precio a mi cabeza. Si la encontráis por casualidad, por favor, no la uséis para jugar al fútbol o para practicar técnicas de maquillaje. Devolvédmela y os satisfaceré en todos vuestros perversos deseos.

 

Ya no me volveré a reír cuando me entere que alguien ha perdido la cabeza, porque no es una experiencia agradable. Menos mal que tengo un ojo en el culo, que si no…

1 Comentario(s)

  1. Creo que la vi acompañando a un nutrido grupo de escotadas diablesas en minifalda, paseando por la noche por Pinto… desde luego, amigo, sí que has perdido la cabeza…


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