Villa Pereza

Ya sabéis que soy un caradura que se cuela en todas las fiestas y saraos que puede. Algunos organizadores me llaman gorrón y me echan, pero otros muchos me invitan a ser el VIP porque llego a animar hasta un entierro.

 

Hace tiempo decidí dedicarme al gorroneo profesionalmente, si, cobrando, y no leches precisamente. Fueron buenos tiempos en los que recorría toda España de fiesta en fiesta. Un día podía estar a las doce en Vitoria en una fiesta de la cerveza y a las dos en Cádiz inaugurando una discoteca. No me preguntéis cómo, yo tampoco lo sé.

 

Yo ya me creía el que parte el bacalao, y la cosa se me subió a la cabeza. Y mucho. Empecé a pedir precios exorbitantes por mi presencia, como barra libre no de garrafón o derecho de pernada. Y me cortaron el grifo del alcohol gratis.

 

Desde entonces el Colillas solo me ha conseguido ser el telonero de Amaia Montero, y ella me despidió porque la gente se divertía más conmigo. Imaginaros mi cara de tristeza. Hasta me dio por darme a la ingesta masiva de agua. La cosa era muy grave.

 

Y de repente me entero hace unos días que están a punto de inaugurar Villa Pereza, un lugar de ensueño para los que tienen mucho sueño. Un lugar paradisíaco en forma de parque temático dedicado a la vagancia, al ganduleo y al escaqueo.

 

Lo peor no es que no me avisasen para ir a montar en las camas de choque o en los colchones rusos, sino que no contaron con mi presencia para la inauguración. Por dios, si buscas vago en el diccionario y aparece mi foto dormido.

 

Al parecer habían contratado a dos cantantes de algo que puede ser musical llamado Pereza. ¿Qué tenían ellos que yo no tuviese? Ah, si, un contrato y pases vips. El mundo es tan injusto…

 

Pero yo soy Mamarrachi Legarda, cojones, y a mí no se me hace un desplante como ese y se quedan impunes. Se iban a enterar los dueños de ese complejo de lo que es una venganza legardiana.

 

Lo más útil para combatir la pereza es el trabajo. Y precisamente trabajo es lo que falta en este país, por culpa de una tal crisis que se divierte diciendo eso de “a la puta calle”. Leyendo los periódicos, me enteré que había casi cuatro millones de personas sin trabajo. Bien, ya tenía ejercito malvado.

 

Pero claro, ¿cómo llevarlos hasta allí por su propia voluntad? No podía ir uno por uno pidiéndoselo educadamente. Y entonces estrujé la esponja que tengo por cerebro y, ¡tachan!, encontré la solución.

 

Hace tres días que maté por accidente al chico que preparaba mis cubatas en la oficina. Así que tenía un puesto vacante y bien pagado, irresistible. ¿Qué me costaba ir hasta las zonas de los alrededores de Villa Pereza y sortear ese puesto de trabajo entre esos cuatro millones de parados?

 

Llené de anuncios el país, y solo puse como condición que los candidatos tendrían que estar todo el día trabajando sin parar para que yo los evaluase. Esperaba tener éxito en mi maléfico plan. Y vaya si lo tuve.

 

En cuestión de horas millones de personas hacían los oficios más diversos. Y claro, iban llegando los visitantes de Villa Pereza, y al ver a tanta gente trabajando, se asustaron tanto que salieron por patas.

 

Al día siguiente Villa Pereza cerró. No habían cumplido sus objetivos principales, con un record de cero visitas, y los que habían financiado el proyecto retiraron los fondos. Eso por no contratarme.

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