Todas las personas que han probado mis delicias culinarias forman parte de un selecto grupo. Se reúnen de por vida en un panteón en el cementerio de la Provenza italiana, después de ingestarse mis callos a la romana. Intuyo que les gustaron, porque se murieron con una sonrisa de oreja a oreja.
Desde ese día no había vuelto a cocinar, ya que una cosa es cargarte a los que pueden llegar a ser tus futuros suegros y otra muy distinta el que se muera tu compañera de cama. Su recuerdo me atormenta, osaron echar gaseosa al caro vino que había comprado para la ocasión. Igual y todo fue venganza del vino.
Cuando vivía solo tenía que apañármelas con latas de comida precocinada y visitas a los restaurantes de la zona. De hecho, salí con algunas mujeres solo porque estaba harto de comer fabada asturiana.
Pero todo cambió cuando llegó mi querida Kay a mi casa. Ella prepara unos platos de muerte (de hecho ella es la muerte), y como es tradición que a un Legarda lo conquisten o por el estomago o por el hígado, acabamos casándonos.
Y claro, yo tengo esa nostalgia de lo que es quemar un asado o hacer que la sopa se caiga de la cazuela. Así que hace unos días decidí entrar en la cocina no para coger una birra del frigo, sino para hacer un delicioso plato llamado mazacote.
La culpa de lo que pudiese suceder la tenía el o la incaut@ que se había dejado en un banco del parque un recetario de alta cocina y bajos instintos. Era un poco atípico ese manual de cocina, pues no sabía yo que a las albóndigas se les pone una salsa de curare, o que para empanar algo se usa arsénico. Pero lo firmaba un tal Tripagorda, así que seguro que estaba bueno.
Para que un buen plato brille con éxito se necesita un comensal amante de la buena mesa pero que controle sus impulsos con la misma en público. Mi lista de amigos con derecho a odio es reducida, por lo que todo el peso de la comida recayó en IBB, que lleva tanto tiempo sin comer comida decente que seguro que ni recuerda cómo se coge el tenedor. Ah, dichosas pizzas y kebaps…
Fui al Brico Depot a comprar las provisiones provisorias, concretamente cemento, masilla, pintura naranja para la salsa de zanahorias, aguarrás para el aliño, y martillos y piquetas para partirlo. Unos ingredientes muy atípicos, y más la materia prima primordial, un ladrillo. Seguro que le gusta a IBB.
Creo que es algún tipo de cocina innovadora de la cual no había oído hablar antes, así que me he esmerado en seguir con cuidado las recomendaciones de la receta. Cuando lo he metido todo en el horno en una palangana de esas para cemento, me he quedado satisfecho. Pero por si acaso he comprado una botella de bicarbonato con vodka.
Por poco se me quema el plato, menos mal que IBB me ha despertado con el sonido del timbre. He corrido a sacar el plato mientras mi perro le servía un cubata, pero a la hora de cortar con el martillo me he dado cuenta de que estaba un poco duro. Menos mal que tenía a mano la motosierra para partirlo a taquitos. Esperaba que IBB no note que no me ha quedado tierno como los ojitos de mi Kay.
No creo que lo haya notado, ha tenido que ir corriendo a un dentista de urgencias, porque se le han caído los dientes, digo yo que por mentir, porque me ha dicho que era la peor comida que ha probado en su vida. Espero que no le traiga nada el ratoncito Pérez.
A mí me ha gustado, quizás le faltaba un poco de sal pero por lo demás estaba delicioso. Eso sí, noto una cierta pesadez en mi estomago, quizás debido a la cola blanca que he usado para decorar el plato.
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