Parchis Pizza

Cuando digo que todas las grandes marcas se dan de tortas por mi trabajo como publicista no lo digo en vano. Los últimos han sido los antiguos dueños de Pizza Hot, esa que te traía la pizza un stripper del sexo que eligieses. Vamos, que en su junta directiva han llovido ositas tras ver el resultado de mi mente brillante.

 

Hace unos meses vinieron a mí pidiéndome que les hiciese una campaña de lanzamiento de su nueva marca comercial, Parchis Pizza. Al parecer la Asociación de Puritanos Amargados había ganado una batalla en los tribunales contra ellos. Una jueza no consideraba necesario desnudarse al llevar una pizza. Por eso, habían decidido cambiar radicalmente su negocio.

 

Lloré amargamente el hecho de no poder disfrutar más de sus repartidoras, pero me puse manos a la obra con el proyecto. Lanzar un producto puede ser un desastre si no aciertas con dos claves: hacer que la campaña sea recordada y que destaque sobre todo una virtud atrayente del producto.

 

Por mucho que le daba vueltas mi mente solo ideaba una pizzería nudista en la que todos hacían una escena erótico violenta con la masa. Eso estaba bien para el antiguo planteamiento de la empresa, pero ahora… Estaba por rechazar el encargo cuando por fin me inspiré.

 

Escuchaba en mi ipod el disco de “A las cinco en el Astoria”, y de repente, mientras oía “Europa VII” una de las más grandes ideas del mundo de la publicidad llamó a la tapa de mis sesos. Y yo le abrí la puerta.

 

Una semana después les presenté el spot. Era la historia de una pareja que acudía de la mano a la pizzería, pero que dudaba qué pedir. Y de repente el mostrador se transformó en un escenario, y La Oreja de Van Gogh, vestidos de pizzeros, cantaban la siguiente versión de su canción: “La pizza más pequeña vale mil veces más que la ración más grande”.

 

Los directivos me miraron horrorizados, ya que veían en ese anuncio una publicidad negativa, parecía que daba la impresión de que sus productos eran más caros que los trajes de Camps. Se empezaron a insultar entre ellos, y después de una violenta pelea se acordaron de que el responsable de todo era yo.

 

Antes de que me descuartizaran con un cortapizzas les hice una promesa: si no triunfaban yo mismo les pagaría una indemnización millonaria. Se lo pensaron un poco, y al final me perdonaron la vida. De momento.

 

Yo era consciente de que la campaña iba a tener un gran éxito, porque la había ideado yo. Y me arriesgué a poner los precios de las pizzas en este orden: Ración: tres euros. Pizza pequeña: tres mil euros. Mediana: seis mil. Familiar: doce mil.

 

Los restaurantes nunca habían vendido tantas raciones. Cada día se consumían más de un millón de ellas en toda España. Los compradores veían en ellas un chollo mayúsculo. Solo algún incauto pidió pizzas familiares.

 

Tal como yo prometí, el resultado era excelente. Tan excelente que me vi en la obligación de cobrarles una abultada factura por mis servicios. Unos míseros quinientos mil euros. Era lo más justo después de que hubiesen dudado de un proyecto firmado por Mamarrachi Legarda.

 

Cuando vieron el precio de la campaña me miraron como si yo estuviese loco. ¿Acaso no saben lo que cuesta contratar a LODVG o el alcohol que me había bebido para tener esa idea? Pero al final se resignaron y me juraron que me enviarían la pasta a la oficina.

 

Cumplieron su promesa. ¿Qué hago yo con 41,6 pizzas familiares?

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