Cuando me partí el culo

¿Por qué los cielos se divierten a costa de mis desgracias? ¿Por qué juegan con mis sentimientos? Yo ya les pedí perdón por haber quemado sin querer aquella catedral antiquísima jugando a escupir fuego con un cirio. Ya tuve bastante castigo con que no me dejen volver a entrar en Venecia por orden del Dux. ¿Realmente era necesario hacerme lo que me hicieron anoche?

 

Pues parece ser que sí, porque todo fue de mal en peor desde que entré en la fiesta de la lavadora que organizaban en la discoteca Cool. Mis expectativas eran bien sencillas: creía que iban a hacer una fiesta de blanqueadores de dinero y fui con intención de conocer a tan sagaces economistas.

 

¿Quién me iba a decir a mí que era una maldita fiesta de la espuma? Debí sospecharlo cuando en la entrada me obligaron a despojarme de mis harapos y ponerme un bañador que marcaba mi voluptuoso paquete (al que cariñosamente llamo Paco). Pero mis dudas se apaciguaron al ver el desfile de tangas y bikinis por la sala. Ah, que buena fiesta de la lavadora.

 

De repente, el DJ sacó una manguera gigante y con una risa diabólica conectó la máquina creadora de espuma, cuya materia prima era jabón. Todos los asistentes corrieron a recibir el primer manguerazo, mientras yo sentía una extraña parálisis.

 

Por fin reaccioné, pensando en el riesgo que corría mi mugrecita. Corrí en dirección a la salida de emergencias, intentando huir antes de que el brebaje limpiador me alcanzase. Pero el suelo ya estaba empapado de jabón, y en cuanto lo pisé, resbalé y caí al suelo.

 

La gente me rodeó, mientras yo gritaba como un poseso, más por miedo a limpiarme que por el dolor que recorría mi espalda. El DJ paró la máquina de tortura, y una de las chicas se ofreció a darme una friega de alcohol. Pero lamentablemente, el dueño de la discoteca había llamado a una ambulancia y los auxiliares me negaron aquel placer.

 

Corrían a toda velocidad para llevarme al hospital de Santiago, portando en sus manos la camilla, ya que un desaprensivo les había robado la ambulancia. Lastima no haber sido yo. Ellos creían que me había roto la columna, y yo maldecía al arquitecto que me construyó por no ponerme materiales de buena calidad. Miserable.

 

Llegamos al quirófano entre jadeos de los pobres auxiliares, y mientras llamaban al auxiliar de guardia me colocaron boca abajo en la camilla. Oí entrar a la cirujana, que preguntó por mis síntomas. Lo que yo no sabía es que ella llevaba solo un día trabajando en el hospital. Era una MIR de esas.

 

Con cierta perversión y un bisturí me despojó de mi única prenda, sin darse cuenta de que yo no estaba para jugar a los médicos. Y entonces soltó una maldición, pues creía haber descubierto una grave lesión. Le pregunté por ella, pero debía ser algo tan terrible que no quiso decirme nada. Ordenó a un tío que me durmiese, y al oír la nana acabé frito.

 

Horas después desperté en una habitación con agudos dolores en mi tripita. La espalda ya no me dolía, y pensé que aquella cirujana había obrado un milagro. Para comprobar mis capacidades, me puse a correr por los pasillos. Era un Legarda completamente renovado. A exceptuar ese dolor de estomago.

 

Cuando me entró un apretón comprendí que me estaba cagando vivo. Era incapaz de alcanzar el servicio a tiempo. Por suerte, un macetero con cactus reposaba a mi lado. Obviando los pinchos me levanté el camisón y me senté. Hice fuerza, esperando que de mí saliese un abono nutritivo que ayudase a crecer a aquellos Espìnetes. Y entonces…

 

¡Aquella miserable me había cosido el culo!

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