El maletín del espía

¿Sabéis lo que pasa cuando vas por la calle, se te cae un euro y te agachas a recogerlo? No, por Dios, no viene alguien y te da por pompis, aunque a muchos ya les gustaría, sino que hay dos opciones: que no te pase nada y recojas tu euro, o que te pase algo terrible.

 

Y el segundo caso lo sufrí ayer en mis propias carnes cuando acababa de pagar un cachi de vodka negro lima a un vendedor ambulante de cubatrones y al coger las vueltas se me cayó una moneda de euro, que tan campante se pasó a la otra acera sin respetar que el semáforo estuviese en verde.

 

En otras ocasiones no me hubiese molestado en cogerlo, pero resulta que con esto de la crisis hay bares que te ponen la caña a un euro, y eso es muuuy bueno. Así que crucé arriesgando mi vida y la del cachi, y una vez en la otra acera (no, no me dieron por pompis, mal pensados, que es hacer una broma y ya degeneráis)le eché una bronca al euro por querer independizarse de mi cartera.

 

Estaba a punto de agacharme a recogerlo cuando oí como se rompía mi pantalón (que no, que no me habían dado por pompis, pesados). Daba igual, pues tenía calor en los bajos. Y una vez agachado, alguien chocó conmigo y acabó haciendo una montaña humana de tres pisos, y el bajo era precisamente mi querido Samuelito, más conocido como el cachi de vodka negro con lima.

 

Obviamente, había muerto aplastado por mi barriguita de septillizos. Eso me cabreó tanto que saqué mi Glock 17 y apunté al salvajuno que había causado ese accidente mortal. El hombre, vestido con un caro traje negro, corbata del mismo color, y sombrero negro de bombín, empezó a maldecir en inglés, o puede que suplicara, porque ese idioma no lo domino muy bien. ¿Qué querrá decir “go to hell, fuck your dog”?

 

Yo estaba dispuesto a convertir aquella acera en lugar de reposo de dos cadáveres, pero el tío fue más listo que yo y me tiró un maletín a la cabeza, cosa que me hizo perderle de vista unos segundos, tiempo que aprovechó para encenderse un cigarro, decir “sayonara, baby, y salir volando con una mini mochila de cohetes.

 

Bueno, de lo malo malo me había quedado con su maletín de piel, un ejemplar bastante caro y que se parecía a los que los corruptos usan para transportar la panoja. Ya me imaginaba encontrarme varios fajos de billetes de quinientos euros, cuando me encontré con la dura realidad de que tenía que abrirlo con contraseña.

 

No fue difícil averiguar cuál era, puse 666 y se abrió. Borracho sabio vale por dos borrachos incultos. Pero, oh desgracia, no eran billetitos lo que había, sino carpetas de documentos. Vamos, que se trataba de un ejecutivo normal y corriente, aburrido, soso, al que le había quitado sus cartas de despido para media plantilla. ¿Seguro?

 

Los documentos tenían el sello del MI6, y en su traducción al castellano se refería a que Bilbao estaba ideando cómo invadir Vitoria y poner un alcalde del PNV aquí. Además, pretendía coaccionar a los votantes vitorianos para que no votasen a los partidos españoles, sino a ellos.

 

Era el maletín de un espía con documentos verdaderamente comprometidos, y que no debían caer en malas manos. Por eso, corrí al primer puesto de Correos y pedí que enviasen el maletín al palacio de la Moncloa, para el señor presidente, por correo urgente certificado. Él sabría qué hacer.

 

Me clavaron veinte euros por el envío, pero merecía la pena. Me prometieron que el presidente lo tendría en su mesa hoy por la mañana, y yo confié en que así fuera. Esperaba que el cartero no tuviese curiosidad, y menos aún que fuera un sicario afín al PNV. Había depositado el futuro no solo de Vitoria sino de toda Euskadi en las garras de los leones de Correos.

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