El malvado ejercito de los payasos

Cuando era pequeño yo cabía debajo de las faldas de las mujeres, salvo en las minifaldas. Y diréis, a qué viene esto. Para muchos sería el máximo momento de placer, pero para mí era un momento de pánico volcánico. Y las faldas eran mi protección ante lo que me quería hacer picadillo: los payasos.

 

Estaba yo en un circo de pequeño con mi mamma y mis hermanos cuando salió a escena un payaso sonriente. A mi me gustaban más los payasos llorones, y por ello saqué mi tractor amarillo y le abrí la cabeza al payaso, llenando de serrín la pista. Todo el mundo me miró asustado, y yo puse mi mejor cara de hacer pucheritos.

 

Pero eso no conmovió al resto de payasos, unos veintidós, que me agarraron y me llevaron a un lugar horrible, tétrico, maloliente, siniestro… Al despacho del director. El hombre me dio una factura por el valor de un payaso nuevo, que pagaron mis padres, y yo me vi después castigado con una paliza extra de mi mamma (la de las seis unida con la de las siete).

 

Por ello, tengo miedo a los payasos, a los que culpo de todos los males del mundo, como que exista el PP o que el alcohol tenga un montón de impuestos. Me escondía debajo de las faldas ajenas al ver uno de ellos. Hasta Stephen King se basó en mi historia para escribir un libro.

 

Ahora volvamos al presente de antesdeayer. Estaba paseando por la Avenida Vitoria cuando un cartel hizo que defecara encima de mis harapientos gayumbos. La amenaza estaba colgada en una farola “El gran circo de los payasos” y para asustar más, anunciaba que todos los espectáculos del circo los harían personas disfrazadas de payasos.

 

Solo yo sabía la verdad, y era que veían a por mi. Habían esperado treinta años para cobrarse su venganza. Era un circo italiano, de payasos italianos, los más vengativos y rencoroso de todo el mundo. Durante todo ese tiempo habían reclutado a cientos de payasos y les habían enseñado técnicas como el lanzamiento de cuchillo, con la intención de venir a mi ciudad a asesinarme.

 

Pero yo soy un borracho sabio, y había oído rumores de asesinatos a manos de una banda de payasos en Bilbao, así que supuse que entrarían por la entrada de la ciudad de Portal de Foronda. Y nada ni nadie, ni siquiera la policía municipal, podría impedirme que los esperará a la entrada de la ciudad para negarles el paso.

 

Ayer fui con mi nueva adquisición por ebay, un tanque del ejército ruso de segunda mano al que cierto general no echaría de menos, sobre todo teniendo los bolsillos llenos de euros. Lo había cargado con bombas específicas de seriedad, que únicamente dañan a los payasos, porque no quería daños colaterales que luego me obligaran a tener que declarar ante los tribunales.

 

Les vi acercarse con su comitiva de Wolkswagen Escarabajo de colores fosforitos, al menos una veintena de coches en los que supuse que viajarían ocho payasos por coche. Apunté con mi cañón a medida que iban pasando, y coche que se acercaba, coche que saltaba en pedazos y payasos que volaban, volaban, volaban, y luego contra el suelo se estampaban.

 

Eso sí, pude comprobar que los payasos son difíciles de matar, ya que a pesar del impacto de las bombas y la caída brutal en el suelo, seguían pataleando como becerrillos en celo. Supe entonces que tenía que pasar al plan B, y me bajé de mi tanque para subir en mi segunda nueva adquisición por ebay, un preciso tractor amarillo John Deere.

 

En cuanto me vieron llegar, se les borró la sonrisa de la cara y salieron corriendo de vuelta al barrio vitoriano de Bilbao. Y es que, si no puedes con tu enemigo, saca un tractor amarillo. Funciona.

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