La madre naturaleza no deja de sorprenderme con los prodigios que salen de sus entrañas. Si ya estaba encantado con el hecho de que diera viñedos con ricas uvas de las cuales se saca exquisito vino, lo que he podido ver hoy me ha dejado sin pelos en la boca. Y eso que le estaba tomando el pelo a una rubia.
Y es que en mi barrio ha aparecido un árbol que si hasta ahora no daba nada más que hojas, ahora da botellines de cerveza. Y no cerveza cualquiera, sino cervecita Franciskanher, la del fraile gordito y feliz. Mi favorita.
Niños, no intentéis hacerlo en casa, limitaros a vuestras plantas de marihuana. Y es que ese árbol es fruto de un duro trabajo de años de esfuerzo, claro que de forma involuntaria, porque yo no sabía que iba a pasar esto, si bien lo intuía mi conciencia.
Resulta que cuando compré mi casa fui orgulloso a estrenar el vater, y me lucí a gusto dejando medio estomago en la taza. El problema fue que se atascó de tal manera que era imposible que nada saliese por allí. Por suerte me quedaba otro vater, pero claro, está al final del pasillo y yo tanto no voy a andar. Por lo que me he acostumbrado a hacer mis necesidades en la calle.
Y yo tengo una tradición cuando vuelvo a casa cansado de la oficina, que es abrirme un barril de veinticinco litros de cerveza Franciskanher fresquita y bebérmelo poco a poco. En días de mucho calor pueden llegar a caer hasta tres. Y claro, la cerveza está muy rica, pero luego produce exceso de agüita amarilla.
Por eso yo bajaba a eso de las ocho y me ponía frente al árbol a mear, y así estaba por lo menos tres minutos largos. El árbol con el paso del tiempo fue creciendo alto y fuerte gracias a que yo lo regaba constantemente, y al final tanto esfuerzo ha dado sus frutos: un árbol que da botellines de cerveza.
El problema es a ver como demuestro yo que esos exóticos frutos me pertenecen. Pensé en reclamarle al alcalde la custodia y explotación del árbol, pero luego me di cuenta de que no era muy creíble mi razonamiento. Y claro, en cuanto los vecinos, o peor aún, los peperos se den cuenta de que ese árbol es el árbol de la felicidad pues van a querer saquearlo.
Ah, si yo tuviese una huerta… Pero claro, el ayuntamiento me quitó la que yo tenía a orillas del Zadorra por plantar plantas de marihuana. El vendedor me engañó con las semillas, diciéndome que eran de planta trepadora. Ahora ya no puedo trasplantar el árbol. Pero siempre puedo vallar el jardín y convertirlo en mi feudo personal.
Dicho y hecho, allí fui con mi valla de alambres y espinos de tres metros para proteger mi arbolito. Tuve que espantar a unos cuantos vecinos que estaban haciendo una torre humana para coger los botellines, y empecé a vallarlo todo.
De esa manera, nadie podría robar mi cosecha de cervezas. Contaba hasta trescientos botellines colgando de sus ramas. Me entró una sed repentina de cerveza sacada directamente del árbol, y corrí a casa a por la escalera que robé un día al camión de los bomberos.
Busqué en mi vaya valla la puerta para entrar a mi sagrado edén natural, y de repente caí en la cuenta de que se me había olvidado ponerle puerta. Que descuido el mío. Ahora, ¿Cómo podría coger las cervezas?
Decidí trepar por la valla, y ya iba por la mitad cuando dos municipales me dieron el alto. Tuve que bajar y dejarles mi DNI. Me echaron un broncazo por intentar robar las cervezas ajenas, y me recordaron que tenían dueño, que por eso estaba vallado. Tuve ganas de replicarles, pero no dije nada. Porque a la noche pienso volver…
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