Hace tiempo que me duele una zona de mi cuerpo que no debe dolerme nunca, porque de lo contrario es señal de que algo va muy mal. Me refiero a la parte donde descansan mis dos hígados. Puede que estén en las últimas.
Yo ya sabía que uno de ellos estaba muy cascado, casi inservible, porque por ello una persona con muy buena voluntad me puso uno nuevo. Pero yo no me esperaba que ese otro dejara de fallar en menos de un año, por lo que decidí ir a reclamarle. Pero claro, como no sé donde encontrarle… Es lo que tienen los tratantes de órganos ilegales.
Decidí hacer un gran sacrificio y acudir al médico. Éste me hizo las pruebas pertinentes y se dio cuenta de que tenía los dos hígados (no le extrañó mucho, la verdad) destrozados, y de paso advirtió que mis riñones estaban al jerez.
Me sentó frente a su mesa y me dijo las cosas tal y como eran:
- Vamos a ver, Mamarrachi, como sigas así en dos semanas te revientan los dos hígados y te mueres. A un paciente normal lo pondría el primero en la lista de receptores de órganos, pero tratándose de un borracho como tú, lo veo imposible.
Yo no entiendo eso de negarles a los borrachos los transplantes de hígado. Si somos los que más lo necesitamos… Si gobernasen los industriales de las grandes empresas licoreras las cosas cambiarían, pero mientras tanto… a recurrir al mercado negro.
- Pero creo que tienes una alternativa. Hace un par de días me avisaron unos colegas de Houston de que su empresa acaba de descubrir la manera de clonar órganos enteros. Eso sería un avance sin igual, pero claro, van a pasar años hasta que les dejen experimentar con humanos, y temen perder dinero si la cosa les fuera mal entonces. ¿Tú te comprometerías a llevar uno de esos hígados?
Como imagináis, me negué en rotundo ¿Cambiar mis dos hígados (aunque maltrechos) por uno solo? ¿Eso es justicia? Y encima experimentando conmigo. A cualquier idiota se la colarían, pero yo soy borracho sabio cum laude, por lo que impuse mis condiciones: tres hígados para mí.
Y es que si con dos hígados solo he aguantado treinta y cinco años, con tres funcionando a tope puede que llegue a los setenta y cinco. Pero claro, si la cosa va bien, en unos años me pongo otro par más (para que me hagan descuento) y tan feliz hasta que algún loco me tirotee, porque yo de viejo no me pienso morir.
Pues accedió el hombre y llamó a sus amigos. Como mi estado de salud era grave, pues me obligaron a ir a Houston en clase turista, porque no querían arriesgarse con el seguro del jet privado.
Una vez allí me llevaron a un prestigioso hospital llamado Clínica del Doctor Flo, bien camuflada en un barrio marginal, y los hombres trajeados que me acompañaban le dieron al chaman los tres hígados.
Me operaron a lo vivo, pero yo no protesté por las cosquillitas que me hacía la motosierra y el taladro. Finalmente el brujo ese de los Hali hali gritó que el ternero ya estaba preñado, y me llevaron a mi habitación del hotel, donde me debía entrevistar con mi benefactor.
Ese hombre me dio las instrucciones pertinentes de que debía avisarles en caso de alguna molestia y ellos se encargarían de solucionarlo (¿matarán a mi vecino Txetxu?). Me dieron pastillas que me parece que van a ir bien para usar con el lavavajillas, y me recomendaron que cuidara bien los hígados.
- Por supuesto. Ahora mismo tenía yo pensado algo para ellos.
- ¿Qué? – Me preguntaron.
- Invitarlos a beber. Como son tres, me beberé tres cubatas de golpe.
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