Ayer estaba yo en el bar Heineken, al que el nuevo dueño ha cambiado el nombre, pero para mi siempre será el Heineken, aprovechando que en la oficina teníamos mucho trabajo acumulado para escaquearme con eso de que soy el jefe. Y es que para eludir las reuniones de contenidos había alegado que me dolía la cabeza por resaca, y que bajaba a tomarme la medicina. ¿Y como se combate la resaca? Con alcohol.
Llevaría yo dos copas de beilys y conversaba con el camarero acerca de lo mucho que me esta afectando la crisis a la hora de salir de marcha, ya que no puedo gastarme los trescientos euros en copas que acostumbraba, ahora son doscientos. Creo que el hombre ya se temía que no le dejara propina, y ciertamente esa mañana solo le daría diez euros de regalo por servirme, cuando entró un hombrecillo colorado, bajito él, con gafitas redondas y el pelo grisáceo. Miró tras de la barra, donde hay al menos una botella de cada licor existente para satisfacer a los empleados de mi oficina, y sonrió antes de hablar con el camarero.
Póngame un descanso, exclamó con voz ronca, dejando caer saliva en la barra. Todos los clientes le habíamos oído y comprendimos que estaba más borracho que IBB en una fiesta tirolesa. El camarero le miró de arriba abajo, y buscó la manera de que el hombre consumiera algo de lo que servia. Así que le dijo que descanso no tenía, pero que acababa de llegarle una botella de ginebra Beefeater que pedía a gritos que se la bebieran.
Usted si tiene un descanso, buen hombre. Esa fue la respuesta del enigmático personajillo, que se cruzó de brazos y se sentó ofendido en una banqueta. Yo decidí sacarle las castañas del fuego a mi amigo y le dije al hombre que a pesar de ser uno de los mayores bebedores del mundo, no conocía tal bebida.
- ¿De modo que no ha probado vodka blanco, vodka negro y vodka rojo mezclado en un vaso largo? ¿Y usted se llama borracho? Camarero, póngame dos descansos, para que aquí el amigo se empape de lo que es el buen beber.
Mientras el camarero preparaba la mezcla, yo le pregunté al tiparraco que como se llamaba, pues había oído a camareros historias acerca de un hombre que acudía a un bar con una mezcla nunca antes conocida, y al pedirla, esta se ponía de moda. Me contestó que se llamaba Florencio, a su pesar, y se alivió al oír mi nombre, Mamarrachi Legarda.
Llegaron los dos cubatas y el tío se tragó el suyo al instante. Yo, que nunca antes había tenido la ocurrencia de probar el vodka rojo, temía que la mezcla supiera mal, que aquel caballerete hubiera corrompido el sabor.
Pero lo bebí, y sentí una eclosión de sabores exquisitos, vi danzar delante mía a todo el ejercito rojo con mísiles incluidos, y las papilas gustativas montaron una fiesta en honor del tal Florencio, que a estas alturas había dejado diez euros en la barra y, como si fuera un fantasma, se había ido.
No creo que fuera un sueño ni una alucinación, aunque nadie, ni siquiera el camarero, lo recuerde bien. Solo sé que ese cubata, al que llamaré Descanso de Florencio, va a ser uno de mis favoritos a partir de ahora. Y digo más, a partir de ahora voy a darle una gran publicidad, para que todos los jóvenes se pidan uno cuando salgan de marcha. A tope con la chavalería, Florencio.
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es sin duda personalizar ese regalo asi que lo que podemos hacer es diseñar una camiseta
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[...] descansos de Florencio versión 2.0 Queridos lectores, lo he vuelto a ver. He vuelto a ver al hombre que creó el cubata de vodka blanco, vodka negro y vodka rojo en vaso largo, con dos hielos, agitado pero no removido. Si, al señor [...]