Resulta que hace poco decidí que mi terraza merecía tener un toldo de promoción de alcohol como ese que regalan a los bares. Nada me haría más feliz que podrán publicitar una cerveza en mi terraza, pero el problema es que los distribuidores se negaban a regalármelo, por mucho que les dijera que soy publicista. Así que no me quedó otro remedio que coger y robárselo a un bar del centro, un precioso toldo anunciando la cerveza Heineken.
El problema era que no sabía cómo colocarlo, como podría sujetarlo para que no saliera volando. Así que fui a esa gran fuente de sabiduría que es Google y busqué Como sujetar el toldo de mi terraza. Y entre páginas web encontré el Blog de IBB en el que mi gran amigo Raúl Veleia había puesto un consejo al respecto: sujetarlo con las manos.
Si lo dice Raúl Veleia, es porque es un buen consejo. Así que no dude en seguirlo, aunque me parecía raro que no tuviera que utilizar torniquetes ni horcas, esos cacharros que usaban los del bar. Claro, que mi terraza era bien distinta que la de ellos. Así que no lo dude, y empecé a sujetarlo con mis dos manos, esas que me dio mamma Legarda al nacer.
En cuanto vea a Raúl Veleia, se va a enterar de lo que vale un peine. Resulta que ya a la primera ráfaga de aire, y a pesar de que estoy tan gordo con un tonel, el toldo empezó a moverse y a agitarse, y yo traté de resistir, pero en cuanto llegó otro soplo de aire mucho más fuerte, salí volando sin remedio por el cielo de Vitoria.
Tampoco es que lo pasará tan mal, por lo menos los primeros momentos en los que veía desaparecer la capital alavesa. Posiblemente acabaría saliendo en primera plana de todos los periódicos como el primer borracho que volaba sin motor. Pero luego fui avanzando más hacia el sur, y empezamos a sobrevolar los viñedos de La Rioja alavesa, y el triste espectáculo de ver de todas aquellas viñas con sus uvitas frescas y yo no poder acariciarlas, ni mimarlas ni comérmelas y mucho menos triturarlas para hacer un buen vino me hicieron sentir pena penita pena.
Mientras la boca se me hacía vino, continuaba sobrevolando el espacio aéreo español y pronto llegamos a Castilla La Mancha, y desgraciadamente a los molinos de viento que tantos problemas le habían dado a don Quijote, a los que yo me dirigía sin remedio, dispuesto a ser apaleado por sus astas. Yo no sabía que en aquellos tiempos existían molinos eólicos para obtener electricidad, pero tampoco es que me hubiera leído mucho más allá de esas páginas en libro.
Dispuesto a morir, entoné mis oraciones, y de repente una ráfaga de viento hizo cambiar la dirección de mi toldo y volvió a recorrer toda la distancia que habíamos avanzado hasta llegar otra vez a mi terraza. Allí, agarrado a la barandilla por un lado y al toldo con la otra, para que no se escapara, sufría una terrible angustia.
Lo peor es que llegó el dueño del toldo, el propietario del bar del que lo había sacado, y es que sólo a mí se me ocurre robar el toldo a mí bar favorito. El camarero del Heineken me miró y movió la cabeza el gesto de desaprobación, mientras yo trataba de excusarme y decirle que el toldo se había venido conmigo, que yo no lo había robado. No creo que me creyera, pero subió hasta mi piso usando uno de los muchos juegos de llaves que habré perdido en su bar, y puso a salvo su toldo, evitando que se escapara. Después, se pensó si debía salvarme, pero cuando recordó las inmensas propinas que suelo dejarles y que me paso todo el día metido en su bar, no lo dudó y me ayudó a subir a mi terraza. Lo tengo claro, hoy mismo cierro la terraza.
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Qué manera de reírme… Y muy buenas las etiquetas que pones en todos los posts. Jejejeje. Un saludo desde Santo Domingo.