No hay justicia
El mundo esta más podrido que la barra de pan de IBB. Y es que después de que en mi casa se cometieran graves crímenes mientras Txetxu nos tenia secuestrados, el juez se ha reído de mí a la cara y lo ha dejado libre.
Si, amigos, después de darle una brutal paliza por asesinar al alcohol, los policías nos tomaron declaración y nos dijeron que debíamos presentar una denuncia. Me dijeron los cargos de tentativa de asesinato, secuestro, intimidación y otras muchas cosas, pero yo quería denunciarle por algo mucho más grave, un crimen casi tan parecido al genocidio que quería hacer el PP. Por eso, denuncie que había vertido alcohol.
Decidimos presentarnos todos en el tribunal para ver cómo juzgaban y condenaban a la pena de muerte a ese indeseable. Si bien yo lo había salvado en ocasiones anteriores de sufrir el cruel castigo de la justicia, ya que en la cárcel no podría amargarle la vida y yo, sino que lo harían los hombres de las duchas en cuanto se le cayera el jabón, ahora deseaba con todas mis fuerzas que se hiciera justicia y que Txetxu se pudriera en la cárcel, aunque hay que reconocer que ya estaba podrido.
Hasta me encargue de contratar el peor abogado de toda la ciudad, un incompetente que tiene el récord de personas condenadas, pues no ha ganado ni un solo juicio, y con esa maldad característica de Mamarrachi Legarda cuando está cabreado, prepare incluso una manifestación de gente abucheando al asesino y pidiendo su cabeza.
Hasta la cosa se ponía a mi favor, porque el juez que lo iba a juzgar era el mismo que lo juzgó la otra vez que tuvo que presentarse ante un tribunal, y estaba seguro de que no le dejaría pasar una. Entonces, todos nos pusimos en pie y la secretaría se encargó de leer los cargos. El juez miró extrañado a Txetxu, y yo suponía que por su cerebro estarían pasando los más crueles castigos y torturas, pues Txetxu habían cometido el más indeseable de los delitos. Pero al contrario de lo que pensábamos, la sentencia fue de absolución de todos los cargos.
Yo me enoje considerablemente, y me levanté para exigirle al juez una explicación. Y él me respondió que hacía tiempo esa misma persona había sido juzgada por un delito muchísimo más cruel y aberrante, que era exhibirse en público, e insultar a un policía, pero su brillante abogado, el hombre que lo había defendido, había logrado convencer a todo el mundo de que era una persona demente, inconsciente de sus actos y que había sufrido muchísimo en la vida, y por ello había que perdonarle todo.
Empecé a maldecir a aquel miserable abogado que había hecho de mi juicio una farsa justiciera, pero como no lo tenía a mano para propinarle una brutal paliza, empecé a insultar al juez con todos los insultos que conozco desde que me leí el diccionario de insultos varios. Como hay palabras que incluso el juez no comprendía, ordenó a los alguaciles que me arrestaran y me llevarán al calabozo por desacato, injurias a la señoría y apestar a alcohol.
Por lo menos, pude salir antes de que Kay preparara la fianza. En la misma celda que yo había unos ludópatas a los que desplume completamente, y pague la fianza de toda la prisión. Porque ya que un criminal quedaba libre, que quedarán libres todos los criminales.
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