Resacón del alcalde de Licorera El yeti de Licorera

Hace una semana que empezamos a tener noticias de la aparición de un ser misterioso, tremendamente peludo, gigantesco, que bajaban las mismísimas montañas para atacarnos y beberse nuestro alcohol. Como estamos en el País Vasco, creíamos que podía ser el terrible Baxajaun enfadado porque nos hemos cargado la mayoría de sus bosques, aunque Mamarrachi apuntaba más bien a qué se trataba de comenovias.

 

Debíamos poner fin a esa tragedia que espantaba al turismo del pueblo más corrupto del PP. Y tomando las ideas fascistas que nos implanta nuestra gran Esperanza Aguirre, decidimos llevar a cabo la eliminación total del monstruoso ser. Sobre todo, porque creíamos que se podía tratar de un socialista.

 

Así que organizamos a la población y la armamos como si fuéramos a ir a la caza de socialistas, y les ordenamos que si veían algún ser extraño le apuntarán y amenazaron para que se detuviera. No comprendo por qué todas las personas levantaron sus armas contra mí y me dijeron que me rindiera. Si yo no soy un monstruo. Soy un alcalde del PP.

 

En fin, que yo, Serafín Zubiri Artesa, empecé a encabezar mi ejército particular para cazar a ese extraño yeti. Antes de nada, y para coger el tranquillo a eso de disparar, me lleve a los míos a Campas del librero a que dispararon contra los ciudadanos y las casas, logrando crear el pánico popular. A la mierda con las protestas de la ONU, aunque si el sexy y atractivo IBB me pide explicaciones, no dudare en dárselas, así como algo más: placer.

 

El caso es que empezamos el ascenso por la montaña, que es bastante alta, por lo menos mil metros, llamando a gritos a la bestia asesina, pero ésta, astuta, no venía al reclamo de “ven, que tenemos a tu presidente Zapatero esperándote para darte premios”. No sé, tal vez deberíamos haber dejado en caso las banderas fascistas y no haber llevado un altavoz cantando el cara al sol para animar la cacería.

 

Después de espantar a una veintena de parejas que estaban haciendo cosas cochinas, muy cochinas en algunos casos, estábamos llegando a la cima y el ser monstruoso no aparecía. A mí ya se me había escapado el alma (si, aunque sea un pepero, tengo alma, aunque sea raro) y estábamos llegando a la ermita a la que acostumbraba yo del pequeño a descerrajar la caja de las limosnas para comprarme tabaco y alcohol cuando aparece Mamarrachi en todo su esplendor y se niega a dejarnos entrar. Nos empieza a suplicar que no le matemos, y nosotros ya estábamos pensando que la había vuelto a dar de más a la bebida y no sabía lo que hacía cuando el monstruoso ser aparecido detrás de él y le abrazó. Pensamos que lo iba a matar, que le iba a arrancar la cabeza de un mordisco, pero contrario, empezó a lamerle cariñosamente la barba.

 

Al parecer, en uno de sus viajes por Cingalia, aparte de contratar a mil asesinos cingaleses había encontrado en un campamento de gitanos ese oso cingalés tan adorable, tan parecido a él en cuanto al pelo y a su adicción al alcohol, y no había dudado en traérselo. Pero como Kay estaba bastante mosqueada desde que Mamarrachi metió un león en su casa, no le había dejado meter al pobre oso, y Mamarrachi no había dudado en aprovechar la vieja ermita que él mismo había clausurado por no ser un templo de San alcohol y con el dinero del ayuntamiento le había construido una casa que daría envidia a cualquier oso cingalés de la clase alta. Jacuzzi, minibares, mesa de billar e incluso una tele del plasma. Qué bien viven los osos, joder.

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