Estaba yo paseando por medio de la carretera cuando un autobús de Viajes Bidasoa frenó en seco delante de mí, el conductor se bajo, pegó un bostezo tan grande que vi las patatas de la comida disolviéndose en el jugo gástrico, y después me abrazó. Era Pipón, compañero de terapia.
- Mamarrachi, necesito un favor. Estoy tan cansado que seguro que me duermo y nos chocamos. Los pasajeros me importan una mierda, pero si me cargo el bus me echan a la calle. Solo tienes que llevarlos al campus de Leioa y me salvas la vida. Mañana te regalo una botella de ron.
Como no, acepte y me metí en el bus. Lo primero que hice fue saludar a mis chavales, universitarios de medio pelo que querían un viaje cómodo. Pues tendrían un viaje, como si fuéramos camino del mismísimo paraíso. Palabra de Mamarrachi.
Ya en carretera, me di cuenta de que si ponía el trasto ocupando la mitad de cada carril tenia más espacio y jodia al resto de los coches. Pues nada, a hacerlo, me dije, y durante veinte kilómetros, una sinfonía de pitidos y de tacos nos acompaño, mientras yo cantaba eso de “el señor conductor toca el pito”.
A medio camino me entró un hambre atroz, y solo encontré en mis harapos un paquete de pipas. Dicho y hecho, con una mano conducía y con la otra pelaba pipas. Aunque fuera dando bandazos y los estudiantes me gritaran, nadie me ordenaría dejar de comer. Que si no, paraba, los dejaba en medio de la autopista y me marchaba a beber.
Ya a la salida de la autopista, un coche de la Guardia Civil me dio el alto. Como no llevaba carné y estaba más borracho que Nacho, acelere y ellos empezaron una persecución. Pero de nada sirven los coches con motores trucados si conduces un Bidasoa, y los perdí en la entrada a Bilbao, donde fueron apedreados por jóvenes.
Entonces me di cuenta de mi error, y es que tenia que llevarlos a Leioa. Y desde el interior de Bilbao a Leioa yo no sé ir, de hecho, yo no sé ir a Leioa. Me metí por donde me vino en gana mientras les cantaba “A la ruu ruu nanaa” para que no se dieran cuenta, y seguí a la par de la ría. Pronto dejaron de verse las casas y me di cuenta de que estábamos en la zona industrial, perdidos completamente. Yo Ya no sabia lo que hacer, y a punto estuve de tirar el bus a la ría del cabreo. Pero no, cogí montaña arriba y poco a poco, como en el curso de escalada, trepamos hasta el pueblecito de Erandio. Allí, viendo que no me quedaba gasolina, pare y empecé a orinar en el deposito, hasta que se desbordo completamente. Ya solucionado ese problema, fui buscando carteles que pusieran Leioa. Los que no me interesaban, me los llevaba por delante con dos cojones.
Después de un gran esfuerzo, vi el campus, ese edificio tan feo y a punto de derrumbarse. Crucé campo de patatas a través, me lleve la valla por delante y por medio de la campa abrí las puertas. Cuando los chavales ya se bajaban, comencé a girar el volante a la vez que pisaba acelerador y freno, y dando vueltas, todos salieron desperdigados entrando por las ventanas a sus respectivas clases, o eso creo.
Una vez cumplida la misión, pare el bus y le prendí fuego, porque ya no me servia de nada. Y viendo a un profesor despistado montándose en un citroen C3, lo eche del coche y me volví a Vitoria.
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Joder, menos mal que no te has acercado por los de la Burundesa, que si no te veo empotrando el bus en medio de Alsasua, en la curva cerrada que hay para ir a la parada del bus al lado del ambulatorio.