Raúl Veleia: El perro de mi vecino

Desde luego, cada vez hay más riesgo a la hora de salir a la calle. Si antes ya temía toparme con mi vecino, ahora mis temores se han agrandado, pues tiene un perro. No es que me lleve tan mal con mi vecino como lo hace Mamarrachi con Txetxu, pero es que el animalin se las trae. Vaya si se las trae.

 

Es muy pequeño pero es un auténtico cabrón. Si Satanás quisiera tener un perro, sin duda iría a por éste, porque ningún alma se atrevería a escaparse del infierno si este chucho lo vigila. La encarnación del mal vive puerta contigua a la mía.

 

Porque no hay día que no entre yo en el ascensor y este él y me ladre y me intente atacar. Cuando salgo del asesor y él está esperando en la puerta de la casa, me obsequia con unos ladridos tremebundos y furiosos que me ponen los pelos como escarpias. Y a veces cuando voy por la noche al frigorífico, él está atento y al pasar por la puerta de mi casa, medio dormido, me sobresalto por los ladridos de ese ser vigilante que acecha para acabar conmigo.

 

Y la verdad es que no sé qué hacer, si lanzarle un filete envenenado, intentar electrocutarlo o dejarlo pasar. Es un sin vivir y ya he estado pensando en cambiarme de casa, y vender la mía a un grupo de vándalos que sean capaces de hacer lo que yo no soy capaz: hacer filetitos del perro y comerselos. Porque hay que reconocer que yo soy un gourmet.

 

Ahora mi mayor miedo es que intente morderme, porque seguramente ese animal tiene la rabia en todas sus fases y no quiero acabar como Mamarrachi por toda la ciudad. Es cierto que me he vacunado contra todas las enfermedades posibles que puedan contagiar los perros en previsión de que ese monstruo decida comérseme vivo. Pero aún así, después de treinta pinchazos en cada muslo, aún no estoy seguro de sí poder sobrevivir a uno de los ataques bestiales.

 

Si no, que se lo digan al pantalón de mi traje color crema de Massimo Dutti, que aún conserva los desgarrones de sus dientes. Y eso sí, no me he atrevido a presentarle la factura al vecino por miedo que me saqué al perro y acabe muriendo en el rellano. Yo, porque el perro, ya se sabe, mala hierba nunca muere.

 

Mamarrachi me sugirió la idea de que no llevará de copas como hizo él con Risirvato, pero es que Risirvato era un auténtico San Bernardo noble y leal al alcohol, no una bestia parda cómo este engendro. Así que no puede intentar los trucos de hacerme su amigo, porque el condenado es tan listo que seguramente se aprovecharía de mis momentos de debilidad para desgarrarme la yugular.

 

¿Pero es que mi vecino no sabe lo que son los bozales, o acaso los adiestradores de perros? Yo no tengo la culpa de que no sepa educar a un perro, miedo me da cuando tenga hijos, que seguramente me atacaran en el ascensor y me comerán como buenos caníbales.

 

En este caso, el diálogo es imposible. El ataque también, porque yo saldría mucho más mal parado que el animal. Sólo me queda esconderme en mi casa, salir a escondidas cuando él no me escucha, comprarme una gabardina de solapas anchas para ir oculto por la calle, por si acaso me lo encuentro por el barrio, y lo que sería peor, rodeado de salvajes como él. Dicen que el perro  es el mejor amigo del hombre, pero este animal no debe de ser un perro. Pienso yo.

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