¿Por qué los calvos llevan sombrero?

En esta vida siempre surgen dudas sobre las cosas más idiotas, como por ejemplo el precio de un café. Puestos a admitir, no sé lo que cuesta un cochino café por el mero hecho de que no contiene alcohol, por tanto, es una bebida insana y que no surte efecto.

Dejémonos de mamarrachadas y vayamos al grano. Los calvos usan sombrero o boina desde hace mucho tiempo. Casi todos. Y en casi todos los lugares. Al principio el sombrero era de gente elegante, y luego pasó a ser el receptáculo donde los idiotas dejan la limosna al mendigo. Si los calvos lo tomaron como prenda de uso habitual, por lo menos en la Provenza, fue por necesidad de protección.

Nunca un calvo se sentirá más a gusto con su sombrero si ha de pasar por la calle Libertadores de la Provenza. Y de todo esto, se ha de agradecer a Antonia Legarda, madre de Mamarrachi Legarda, ese gran hombre que soy yo.

Y es que allá por los sesenta vivíamos en un tercer piso, con una amplia terraza donde mi madre cultivaba muchas plantas de diversos colores. Su gran afición era regarlas, cuidarlas, y después regalárselas a los conocidos para poder comprar más plantas. Mientras descansaba, ella miraba a la gente pasar.

Un día de esos, pasó por debajo de nuestra casa un hombre más calvo que yo, con su bastón de madera. En ese momento, mi madre cogió unas petunias con tiesto de barro y se lo lanzó a la cocorota.

Por desgracia no le dio, pero el tío se pego tal susto que salió corriendo.

Al día siguiente, el mismo hombre pasó por debajo del balcón, y esta vez mi madre acertó en diana. El tío se quedo medio muerto, y un transeúnte llamó a la policía. A la media hora un gendarme llamó a la puerta.

- Señora, ¿se le ha caído a usted esta planta?
- No, agente.
- ¿Esta segura?
- Como no. Yo misma se la he tirado a un calvo hace poco.
- Mujer de Dios, que casi lo mata.
- Encima de que le hago un favor…

En estas el policía se queda pensativo y sin saber que responder. Casi temiendo la respuesta, le pregunta que tipo de favor era ese.

- Por supuesto, no voy a dejar que ese pobrecico valla por la calle con esas pintas. Yo le he lanzado las flores a la cabeza para que le adornen, como esas mujeres que se ponen sombreros de flores. Encima que me preocupo.

El guardia, admirando esa buena voluntad, se marchó con una sonrisa. Nos recomendó que continuáramos, que ASÍ SE HACIA FELICES A LAS PERSONAS.

Atentamente, Mamarrachi Legarda.
Vitoria, 8 de junio de 2007
Una botella de bailéis, tres coñacs, un Chivas Regal.

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