Azotainas familiares

Yo siempre he sido partidario de hacer el mayor número de cosas en familia. Así es, amigos, lo que se hace en el calor acogedor de una familia hace muy felices a sus miembros. Por eso cuando yo era pequeñín mi mamma procuraba que los seis hermanos hiciésemos todo lo posible en familia. Ir al zoo, montar todos en el mismo burro, bañarnos a la vez… Que infancia más maravillosa.

 

Y claro, como siempre ha sido tradición en la familia Legarda, las azotainas eran familiares también. Pero no me refiero a que si uno la liaba cobrábamos todos en suculentos azotes,  ya que mi mamma  era tan justa y bondadosa que repartía los cachetes incluso sin que nos los mereciésemos.

 

Era algo tan maravilloso… Si, mi mamma tenía un horario pegado en la puerta de la nevera en la que indicaba una serie de horas en las cuales se imponía la imposición de manos sobre nuestros curtidos traseros. Teníamos al menos tres por día, una en la hora del desayuno, otra mientras comíamos, y finalmente, en la cena nuestros traseros se asemejaban a los tomates de la ensalada.

 

Cuanto echo de menos estas costumbres… Sobre todo cuando era festivo, ya que ahí teníamos azotainas extras, entre dos o cinco raciones más de deliciosos tortazos. Nos poníamos en fila en el pasillo principal de la casa, al que llamábamos la galería de las penurias, y bajándonos los pantalones esperábamos la somanta de ostias.

 

Solían ser quince en cada nalga, y nuestra máxima felicidad venía cuando usaba para azotarnos utensilios tan variopintos como un bate de béisbol o el rodillo de amasar el pan. Eso era goce y disfrute y no esas tonterías que llaman erotismo.

 

Eso sí, si tenias la mala suerte de quedarte el último, estabas condenado a sufrir un disgusto, ya que a medida que azotaba iba perdiendo fuerza en las manos, y al último le correspondían solo caricias. El pobre desafortunado estallaba en un mar de lágrimas, y solo la promesa de ser a la próxima el primero le consolaba.

 

Yo creo que estos emblemáticos momentos familiares marcaron nuestra personalidad además de nuestros culitos. Gracias a ellos supimos lo bonito que es el amor fraternal, y el cariño de una mamma que te adora de esa manera.

 

Pero eso no era todo, ya que podíamos optar a una ración extra antes de irnos a dormir si a lo largo del día nuestro comportamiento había sido bueno. Esas recompensas hacían que nos portásemos como angelitos, o por lo menos lo hacíamos delante de la mamma.

 

Ahora, cuando veo la insolencia de los niños de hoy en día, no dejo de imaginarme lo que pasa en sus casas. Seguro que sus madres no les demuestran su cariño como la mía hacía conmigo, y tristes y apenados se entregan a una vida irrespetuosa y pecaminosa, deseando que sus padres les abran la cabeza de una brutal paliza que estreche sus vínculos familiares.

 

Si no fuera porque la sociedad lo ve mal, yo mismo me ofrecería voluntariamente para ir por las casas de todos los padres que soliciten mis servicios, con un sacudidor de alfombras, con la sana intención de curtir sus traseros llenos de popo a base de azotainas al más puro estilo Legarda.

 

Y es que si se pierden estas tradiciones las nuevas generaciones van a crecer pudiendo sentarse, sin valores, sin principios éticos. Hemos de recuperar las azotainas si queremos volver a los tiempos en que un niño no se atrevía a llamarte gordo, sino que de escondía bajo las faldas de su mami por miedo a que lo devores.

 

Que mierda de derechos del niño ni cervezas sin alcohol. A mí me daban azotes de pequeño y he salido todo un triunfador.

He aparcado lejos – Toni A. Martinez

Lo siento, cariño, pero… he aparcado lejos.

Donde cagan los chinos.
Donde va el remolino.
Donde por fin el camino se vuelve carril.
Donde llega mi tiro
Donde duerme el vampiro.
Donde el primo Ramiro sitúa Brasil.
He aparcado lejos.

Donde reinan los babuinos.
Donde se escondió el minino.
Donde empieza el carril bici.
Donde entierran a los hippies.
Donde un palo no hace sombra.
Donde vuelan las alfombras.
Donde aúlla siempre el lobo.
Donde va a parar el globo.

Donde mandan las cartas de Reyes.
Donde los políticos escriben las leyes.
Donde a la bella le entró sueño.
Donde el frisbee llegó al suelo.
Donde el dragón asoma la cola.
Donde papá escondió la consola.
Donde la lluvia cae de lado.
Donde el Titanic fue probado.

Y al buscar había vados y señales sin piedad. Pintura amarilla.
Y al final había un sólo hueco libre en el lugar con un piiito gorrilla.

He aparcado lejos donde Napoleón se cansó de andar.
He aparcado lejos donde acaban los mapas y empieza el mar.
Tan lejos de aquí que vale la pena dar la vuelta a la Tierra por el otro lao,
por donde ruedan matojos y pelan el cacao.
Mi coche está lejos de mi hogar.

Donde duerme el trapecista.
Donde entrena el masajista.
Donde se perdió la iaia.
Donde termina la valla.
Donde van los trastos rotos.
Donde aún revelan fotos.
Donde se inventó el bocata.
Donde se encaló la gata.

Donde mi hermana se hizo hombre.
Donde Prince cambió de nombre.
Donde reciclan el vidrio.
Donde el té se sirve tibio.
Donde la gravedad es cero.
Donde deja de oírse el trueno.
Donde llega el telescopio.
Donde se divisa Tokio capital.

Había mucha doble fila y una gran amenaza de grúa.
Vi varias docenas de parquímetros allí haciendo la púa.

He aparcado lejos, donde Napoleón se cansó de andar.
He aparcado lejos, donde acaban los mapas y empieza el mar.
Tan lejos de aquí que vale la pena dar la vuelta a la Tierra por el otro lao,
por donde ruedan matojos y pelan el cacao.
Mi coche está lejos de mi hogar.

Donde la tierra se aplana.
Donde el príncipe fue rana.
Donde escondieron el Cáliz.
Donde correr por ruinas es gratis.
Donde el molino va y no gira.
Donde vigila el espía.
Donde guardan los camellos.
Donde se despegó el sello.

Donde estorban las palmeras.
Donde se pinchó la rueda.
Donde los piratas salen.
Donde avisan los radares.
Donde el golfista mandó la bola.
Donde se forman las olas.
Donde el bombero se muscula.
Donde se venden herraduras.

He aparcado lejos. He aparcado lejos.
He aparcado lejos, donde Napoleón se cansó de andar.
He aparcado lejos, donde acaban los mapas y empieza el mar.
Tan lejos de aquí que vale la pena dar la vuelta a la Tierra por el otro lao,
por donde ruedan matojos y pelan el cacao.
Mi coche está lejos de mi hogar.

Adicto al Biosolan

A mí me entristece ver cómo un amigo entrega su vida a los vicios más nefastos, cuando condiciona su salud a la ingesta masiva de los más tóxicos brebajes. Es entonces cuando trato de hacerle entrar en razón y demostrarle que estoy a su lado para superar tan peligroso vicio.

 

Todo empezó un aciago día en el que decidí organizar un botellón apoteósico, de esos a los que tienes que llevar un hígado de repuesto. IBB me acompañaba en la compra de los bebestibles, y cuál fue mi sorpresa al verle meter al carro tres bricks del zumo Biosolan.

 

Le pregunté qué mezclas iba a hacer con ellos, y su respuesta me hizo hacerme popo encima. Y es que no pensaba mezclarlos ni con vodka ni con ginebra, sino bebérselos a palo seco.

 

Antes que permitir semejante atrocidad, la muerte. Cancelé el botellón, dejando triste a toda una ciudad, y me senté con IBB en nuestro bar favorito, el Paralelo. Yo me pedí un cachi de ron con pasas, y él… ¡un maldito Biosolan en copa de ponche! Un ultraje para el ponche, que humillación.

 

Traté de hacerle entrar en razón, le advertí que su adicción era algo malo, que estaba muy mal considerada por la sociedad actual, todo con la intención de devolverle a su alcoholismo más depravado. Pero mis llantos, las súplicas e incluso las amenazas le entraban por un oído y le salían por otro.

 

Por lo menos averigüé de quién era la culpa de esa nefasta costumbre. Su sucubilla de turno, esa tal Laura, con sus costumbres de pija apestosa de Chanel Nº 5, le había hecho ver las supuestas delicias de los cinco sabores de esa bebida sin alcohol.

 

Si ya me caía mal esa robaamigos, esa era la gota de gaseosa que corta el baileys. Apunté en mi agenda de maldades hacer una estatua de cemento con la susodicha, e ingesté mi bebida con la intención de encontrar solución a tan grave hecatombe.

 

Y al final encontré la solución, una solución peligrosa, muy nociva, pero efectiva. Era un sacrificio necesario para hacer entrar en razón a IBB. Fui donde la amable camarera y pedí un Biosolan de esos de cada sabor. Me los sirvió con cierta pena, y me dio la tarjeta del servicio toxicológico, por si acaso.

 

Me tragué el primero de golpe, para no tener que aguantar el repulsivo sabor, pero aún así el líquido ácido envenenó mi boca, destrozando el estomago. Tuve que ir al baño para vomitar, y a mi vuelta IBB mostró su preocupación por lo que estaba haciendo.

 

Pero a mí no me importaba sufrir con tal de mostrarle a mi amigo el camino de vuelta a la sensatez, y me tragué otros dos más de golpe. Tosí con ferocidad, mientras IBB empezaba a soltar lágrimas de tristeza. Me pidió que parase, pero yo no estaba dispuesto a rendirme.

 

Cuando me tomé los dos restantes, mi cabeza empezó a dar vueltas, y mientras vaciaba el contenido de mi estomago, caí redondo, desmayado por el infame veneno de aquellos multifruticos cuyos ingredientes sin duda provenían de las plantaciones frutales de Chernobil.

 

Desperté en la cama de un hospital, tras haber necesitado un lavado de estomago. La señora de la limpieza me miraba con odio mientras pasaba la fregona por los suelos. Y a mi lado, rezándole sin duda a San Alcohol, IBB pedía la salvación de esa alma que no tengo.

 

Parecía haber entrado en razón, haber abandonado la mala vida, tras ver las peligrosas consecuencias de la ingesta de biosolanes. Por tanto, mi estúpida actuación merecía la pena con creces.

 

- Eres un buen amigo. Gracias por abrirme los ojos.

Y mientras dijo esto, echó un trago a algo que identifiqué como mosto.

Mamarrachi contra la máquina del café

Yo siempre he sido una de esas personas que hacen lo que sea por un amigo, o amiga. ¿Qué mi mejor amiga desea pasar una noche loca conmigo? Pues yo encantado de poder ayudarla en tal menester. Así soy yo, sacrificándome por ayudar a mis amigos y masacrar a mis enemigos.

 

Estaba yo en San Sebastián, en la facultad de Arquitectura donde estudia IBB, sirviendo de modelo de desnudo para su clase de dibujo, ya que la anterior modelo había abandonado su trabajo por las actitudes deshonestas de aquel profesor rechoncho y con cara de amargado, que dicho sea de paso no paraba de guiñarme sus ojos bizcos mientras se relamía lascivamente.

 

Sé que pensáis que éste era el sacrificio que estaba haciendo por IBB, pero no, ya que uno de mis sueños era estar desnudo delante de una manada de veinteañeras en celo, y la clase de IBB está llena de estos curiosos especimenes.

 

El sacrificio vino en el descanso, cuando yo estaba rascándome las pelotillas con gran devoción. IBB necesitaba algo imperiosamente, pero tenía que quedarse arreglando una parte del dibujo que no había quedado muy proporcional, ya imaginareis cuál. Así que me pidió que yo fuera a por ella.

 

Si, amigos, me mandó a por un café. Yo soy alérgico a ese brebaje, el contacto con él supone mi muerte más inmediata. Era un trabajo de alto riesgo. Pero, por un amigo, que cojones. Sin taparme mis partes pudendas, cogí mi monedero y me dispuse a buscar la máquina del café.

 

Sintiendo las miradas de deseo de muchas féminas y algún que otro hombre, llegué hasta mi destino. Aquella máquina infernal que no daba alcohol se me antojaba un imponente enemigo, así que decidí intimidarla.

 

- Que sepas que aunque venga a cuerpo descubierto no tienes nada que hacer contra mí. Soy más fuerte que tú, y si intentas algún truco te desguazaré y me haré una funda para los pelendengues con tus tripas.

 

Me pareció que la máquina asentía, pues un runrún salió de su interior más interno. Eché una moneda de dos euros, seleccioné el máximo de azúcar y pulsé el botón. No salió nada.

 

Indignado, traté de recuperar mi moneda, pero el botón de recuperación estaba hundido. Desesperado, le di una patada a la máquina, pero solo logré destrozarme el pie y rajarme una uña.

 

A la tercera va la vencida, me dije, y eché otras dos monedas de dos euros, pues no tenía ni idea de cuanto costaba un cochino café en ese instrumento maldito. Y esta vez sí que se puso en funcionamiento. Jodido café, me iba a costar más caro que un cachi de kalimotxo.

 

Ahí estaban las entrañas de la máquina asesina preparando su siniestra mezcla. Me puse unos guantes de cuero negro, para evitar el contacto con el café, y saqué el vaso, que para mi asombro tenía tan solo agua caliente. La máquina me había estafado.

 

Yo no soy tan tonto como para picar otra vez, así que salté al cuello de la máquina en busca de venganza. Ésta no aguantó mi peso, y los dos caímos al suelo, mientras yo la apresaba entre mis piernas para que no escapase. A pesar de todo, forcejeaba.

 

De repente nos caímos por las escaleras, ya que en nuestra aproximación al suelo habíamos acabado al filo de ésta. Rodamos tres plantas, acabando en el vestíbulo principal justo en el momento en el que todos los estudiantes salían de sus clases.

 

Me han acusado de intento de violación de la máquina del café, y me enfrento a una multa por no usar protección. Pero lo que más siento es no haber podido llevar su café a IBB y ponérselo de sombrero.

Portada de Interviú: Eva Ontanaya, Chica Interviú 2009

Todas las portadas de Interviú en http://laslucesdeagosto.wordpress.com

portada eva ontanaya

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Eva onta 1

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La gente que me encontró por… 50

Mucha gente se pregunta qué busca la gente en Google. Pero a mí me intriga más qué es lo que encuentran esas personas haciendo esa búsqueda. Porque día si día también decenas de personas entran en mi Blog buscando cosas inverosímiles, que no comprendo cómo llevan a mi Blog, y no puedo sino intentar corresponderles con unas pocas frases.

 

Todas las noches las mismas dudas

 

Te comprendo. A mí también me cuesta decidir qué bebida me va a acompañar a lo largo de la noche. Hay personas que toman bebidas diferentes, pero con eso no logras disfrutar al máximo, te conviertes en una coctelera con patas. Mi truco es bien sencillo, a cada día de la semana le he asignado una bebida. Es la dieta etílica mediterránea, en la que hay que beber de todo para poder caminar por la línea.

 

Azotainas a maestras

 

En mis tiempos era algo impensable, eran las monjas de las escuelas las que golpeaban nuestras nalgas con aquellas reglas de metal hasta que se nos caía la piel a tiras. Hoy, por el contrario, las profesoras suplican a sus alumnos para que no las azoten. Hemos llegado a un punto en que el chaval que no va con un bazoca a clase es un inadaptado. ¿Por qué no soy niño ahora? Snif snif snif.

 

Me quito la bandera de mi traje espacial

 

Querida moza, ya que te vas a quitar cosas, ¿por qué no el traje espacial también? En el espacio no tienes vecinos cotillas, quizás algún venusiano salidillo, pero nada más… Ah, desde que estoy trabajando en este observatorio atronomico en la tarea de asesor gastronomico echó rápidos vistazos a las naves de la NASA a ver si es cierto lo de las orgias a bordo. ¿O era en las naves rusas?

 

Fotos calientes de la revista H

 

¿Estamos hablando de la famosa revista H? Esa revista me salvó la vida en mi adolescencia, cuando decidí vivir la vida del vagabundo. Gracias a su contenido picante me calentaba por las noches. Así son las cosas, no tenía para una manta y me tapaba con sus páginas. ¡Que calorcito daban! Con razón llaman a sus fotos “fotos calientes”. Y los mendigos sobreviven al duro invierno con la revista Interviú.

 

¿Qué era una factoría técnica?

 

¿A mí me lo preguntas? Ya sabrás que estás hablando con un hombre que usa la enciclopedia para envolver el bocadillo de calamares morados. Si me preguntas cuantos grados tiene el vodka negro, o la talla de pecho de Brad Pitt, seguro que te respondo, pero eso… ¿Factoría técnica? Ah, ya sé, una fábrica donde hacen técnicos, no sé de qué, pero los hacen. No, si al final no soy tan tonto.

 

Cuanto dinero gana Mercedes Mila

 

Ah, ¿pero le pagan? Yo pensé que le hacían un favor por reinsertarla en la sociedad después de lustros encerrada en un manicomio. Ya me parecía raro que se disfrazase de lechugina o de rabano a cambio de nada. Pero tampoco creo que se embolse mucho, orque lo que hace ella lo puede hacer una escoba con minifalda. Es más, creo que la escoba con minifalda despertaría más interés entre los espectadores varones.

 

Descargar carritos de los helados

 

Eh, yo me apunto a eso. Claro que descargo el contenido del carrito de los helados, todos directos a mi estomago. Que grandes ofertas de trabajo hay por aquí. Y luego dicen que hay paro. Lo que hay es poca gente dispuesta a engullir como un gloton toneladas de helado. ¿Dónde hay que firmar? Es más, así los heladeros no saldran corriendo cuando intento obtener descuentos enseñando mi hacha de siete filos.

Preguntas absurdas, respuestas idiotas (20)

Si un hombre inteligente no pone su inteligencia al servicio de los demás, el mundo no perdería nada. Pero si un idiota como yo finge ser inteligente para responder a estas preguntas, surge la sección “Preguntas absurdas, respuestas idiotas”. Envía tu pregunta a elreflejodemamarrachi@yahoo.es y puede que me digne a contestarte.

 

- ¿Cómo elimino las pruebas de que he cometido un asesinato en mi casa? (Yuri Vicaroff, 32 años, Cartagena)

 

Ay, Yuri, que pena me das. Si es que hoy en día cualquiera comete un asesinato, y luego pasa lo que pasa. Seguro que antes de cometerlo ni has pensado en cómo no dejar huellas. Si es que los jóvenes de hoy en día no piensan nada, y así nos va, todos a la cárcel.

 

Por suerte tú eres un tipo listo que ha decidido consultar con profesionales. Yuri, el mayor problema que tendrías es si unos CSI deciden registrar tu casa en busca de pruebas. Pero si no hay casa…

 

Exacto, lo has adivinado, coge dos latas de gasolina en Repsol (que me dan comisión) y échalas por el interior de tu casa. Después, con toda la chulería del mundo, enciende un cigarrillo y tira el mechero hacia atrás mientras sales de casa. Eso sí, no te olvides salir, que luego acabas quemándote el culillo y eso es difícil de explicar.

 

Así no solo te libras de las pruebas sino que el seguro te da una casa nueva. Otro crimen sin castigo gracias a Mamarrachi Legarda.

 

- ¿Qué es lo peor que te puede pasar en una celda? (Darío Manrique, 23 años, Córdoba)

 

Buena pregunta, Darío, porque muy pocas veces una persona que va a entrar en una celda sabe qué es lo peor que le puede pasar en ella. Espero que con esta explicación de mis recientes experiencias en el trullo te ilustre por si acaso acabas siendo huésped del estado.

 

Lo peor que te puede pasar en una celda es que te dejen solo. Sin compañía, una prisión es lo peor que hay. Un compañero mío de celda me comentó que la soledad es peor que la muerte.

 

Una celda comunitaria tiene múltiples ventajas: 1 – Descubrirás nuevas formas de fornicación que hasta ahora te eran desconocidas. 2 – No hará falta que te claven agujas para sacarte sangre, con la navaja te la sacan al momento. 3 – Haces enemigos muy influyentes, que te recordarán aún cuando tú estés fuera.

 

¿Te he convencido ya, Darío?

 

- ¿Se puede hacer un graffiti con un pincel? (Blasco Rodríguez, 17 años, Madrid)

 

Aunque te parezca mentira, querido Blasco, no te han engañado los que te lo han dicho. Sí se pueden hacer graffitis, y muy buenos, con un pincel. Tan solo necesitas el pincel, pinturas y un lienzo.

 

Muchos antes que tú se han dedicado al graffiti con pincel. Uno de ellos fue Leonardo Da Vinci con uno llamado “La última cena” en el comedor de unos frailes. Que gran tío, hacerles la pintada delante de sus narices. ¿Cómo se quedarían al verlo?

 

Pero el mayor iluminado para mí es Miguel Ángel, que se aprovechó de un papa temeroso de que el diablo saliese del suelo para llevárselo, siempre mirando al suelo, para llenarle el techo de su capilla sixtina con graffitis de gran calidad. Eso es vandalismo y lo demás son tonterías.

 

Bueno, Blasco, después de matar a tus padres por tan horrible nombre, ¿te animas a decorar algo en el palacio de la Zarzuela? Estaba pensando en una damisela semidesnuda ondeando la bandera republicana.

El falso Legarda

Ayer descubrí un nuevo barrio en mi ciudad. Sin duda lo han debido construir a toda prisa, con materiales de segunda mano para hacerme creer que era viejo. Pero, ¿quién se cree que en mi ciudad siempre ha existido una zona llamada San Martín? Yo no soy tonto, robo en Media Markt.

 

Me dediqué pues a curiosear por el barrio, y cuál fue mi sorpresa cuando vi una sucursal cárnica perteneciente a mi familia. La carnicería de un tal E. Legarda, sin duda hábil en la caza y posterior procesamiento de perros y gatos callejeros.

 

Quise entrar a saludarle, pero no recordaba bien cuál de mis familiares era ése. Traté de ponerle cara, y al final, tras no conseguirlo, saqué el listín de miembros de la familia Legarda para ver quién era.

 

Rápidamente la ira amargó mi cuerpo, pues tras comprobarlo tres veces pude constatar que no existía ningún Legarda cuyo nombre empezase por E. Me encontraba pues con un mítico caso de usurpación de fama, un desgraciado que se aprovechaba de la fama y prestigio del apellido Legarda para obtener ingentes beneficios. ¡Y el muy cabrón ni siquiera pagaba derechos de franquicia!

 

Saqué mi machete de las épicas matanzas y me introduje  en el negocio de la mentira y la falsedad. Eché piropos a las ristras de chorizos que colgaban del techo y amenacé a las clientas allí presentes, que huyeron de mí como los policías de los ladrones. Después, me encaré con la atractiva rubia que se refugiaba tras el mostrador.

 

- Busco a ese tal E. Legarda. ¿Dónde se esconde? ¿Eres tú? – Pregunté a un cochinillo ya cadáver que se congelaba en el mostrador. Como no  me respondió, supuse que no era él.

 

La que sí respondió a mi pregunta fue la chica, confesando ser ella la portadora del falso apellido. La miré de arriba abajo, era indudable que ella no pertenecía a mi ilustre familia. Afilé mi machete.

 

- Resulta que no me gusta que alguien vaya por ahí poniéndose nombres falsos para atraer clientes, querida E. Legarda. Porque ese es tu nombre, ¿verdad?

 

En vez de confesar y tirarse a mis pies para suplicar una misericordia que no estaba dispuesto a concederle, sacó de su cartera un DNI a nombre de Elena Legarda, con su foto. Sin duda una falsificación, pues nadie en mi familia se llama Elena, ni siquiera el detergente.

 

- ¡Esto es más falso que Rajoy diciendo que nos va a sacar de la crisis! Tú no te puedes apellidar Legarda, es imposible.

 

- ¿Por qué?

 

- Porque nadie de mi ilustre familia ha concebido jamás un vástago al que pusieran el nombre de Elena. No solo osas usurpar el apellido para tus perversos fines comerciales, sino que hasta te falsificas la documentación, queriendo ser una Legarda. Eres indigna de ese apellido que nunca llevarás, por tus venas no corre la sangre de las distintas dinastías de Legardas, presentes en todos los grandes acontecimientos de la historia.

 

Ella me respondió. Fue una respuesta cortés, casi condescendiente, como si yo fuese un demente que había entrado en su tienda para decir sandeces. Y tras enrojecerse mis mejillas, abandoné el establecimiento dispuesto a ir a ahogar mis penas a un bar.

 

Porque hoy he descubierto que hay más gente con el apellido Legarda, que no pertenecen a mi familia. De hecho, es un apellido común, vulgar incluso. Cualquier mindunguis puede ser un Legarda, no solo los miembros de mi familia. Snif snif snif.

Cómo fabricar dinero de curso legal

Yo tengo un grave problema, que se ha agravado con esta crisis económica, y es que mi culito es muy sensible. Tan sensible que el papel de periódico lo irrita mucho al limpiarlo. Y como yo nunca he creído en las bondades del papel higiénico, pues hace unos años me puse a buscar algo que me limpiase y no dañase mis posaderas.

 

Y al final lo encontré, allá en el río. Resulta que los billetes de cincuenta euros son idóneos para tal menester, son suaves como la lija y además absorben la mierda. Yo era un borracho feliz, aunque cada vez que iba al baño la broma me costaba doscientos euros.

 

Hace poco tuve la suerte de ganar algunos cientos de millones de euros con las apuestas deportivas. Huelga decir que he gastado bastante, pero aún me quedaba una suma considerable. Pero, temiendo que en breves mi culito tuviese que conformarse con billetes de rublos, decidí invertir mis fondos en algo productivo.

 

Muchos bancos me ofrecían rentabilidades de hasta un veinte por ciento, pero yo desconfiaba de ellos. Sin embargo, a mi despacho vino un hombre llamado Amancio Madoff (padre de la actual concubina de IBB) con una oferta que no pude rechazar: una rentabilidad del cincuenta por ciento.

 

Metí quinientos millones de euros en ese fondo, y el tío me juró que a cada tres meses me ingresaría los beneficios en una cuenta secreta en la isla de Zuaza. Yo firmé todo lo firmable, y el hombre me estrechó la mano.

 

Desde ese momento he tenido muchas dudas, creía haber sido estafado, no porque desconfiase de la buena voluntad de aquel tipo, sino porque el interés me parecía demasiado bajo. Pero ya decía mi mamma: la avaricia rompe el saco. Y os juro que es verdad, durante un asalto a una licorería se rompió el mío por el peso y las botellas se hicieron añicos.

 

Y ayer cumplió el plazo de los tres primeros meses. Me desplacé a nado hasta la citada isla para comprobar mi cuenta, y, efectivamente, había recibido doscientos cincuenta millones para limpiarme el culo. Mi trasero, agradecido, decidió ir a felicitar al tal Madoff.

 

Fui a la dirección de sus oficinas, ubicadas en un punto concreto de la carretera nacional. El caso es que la dirección me sonaba de algo, y al ver el local vinieron gratos recuerdos a mi mente, a la vez que surgían dudas. Estaba frente a un burdel de alto standing, el “Punto rojo”.

 

Extrañado por el hecho de que un brillante financiero trabajase en un puticlub, me introduje con sigilo en su interior. Pronto advertí algo extraño, no había damiselas a las que su ropa intentase asesinar (por eso tienden a pasearse desnudas), ni siquiera fornidos hombres en tanga. Solo merodeaban por ahí ejecutivos trasladando carretillas llenas de fajos de billetes.

 

Buscando a Madoff para exigirle una explicación me colé en una de las habitaciones que antes eran reductos de perversiones placenteras. Y casi tropecé con un montón de camitas redondas pequeñas, donde billetes de quinientos yacían en plena unión de índole sexual.

 

Me quedé perplejo, pero aliviado. De modo que era así como se obtenían esos beneficios tan sorprendentes. Poniendo a los billetes a procrear. Nuevas dudas me inundaron. ¿Cuánto duraría el parto? ¿Cuántos billetes saldrían de cada camada? ¿El gobierno subvencionaba cada hijo?

 

Dejé a los billetes en su más pura intimidad, tras ver que gozaban con su trabajo procreador, y me dispuse a abandonar el local. Tenía la imperiosa necesidad de poner una pequeña factoría de dinero en mi propia casa, untando los billetes con viagra y dándoles afrodisíacos. Borracho sabio vale por dos.

El último vals – La Oreja de Van Gogh (Nuestra casa a la izquierda del tiempo)

Como casi siempre
cuando algo se muere
nace la nostalgia
buscando un corazón.
Peroel mio es raro
y aunque esté desordenado
es impermeable al dolor

La felicidad es un maquillaje
de sonrisa amable
desde que no estás

Siempre serás
bienvenido a este lugar,
a mi lista de obsesiones
que no vas a olvidar.
Como recordarte, sin mirar atrás
Yo nunca olvidaré el último vals.

Cuando todo acabe
y el silencio hable
sólo tus pupilas sabrán que fue verdad.
Y entre los cristales
pedacitos de esta tarde,
donde comenzamos a soñar.

La felicidad es un maquillaje
de sonrisa amable
desde que no estás

Siempre serás
bienvenido a este lugar,
a mi lista de obsesiones
que no vas a olvidar.
Como recordarte, sin mirar atrás
Yo nunca olvidaré el último vals.

Siempre serás
bienvenido a este lugar,
a mi lista de obsesiones
que no vas a olvidar.
Como recordarte, sin mirar atrás
Yo nunca olvidaré el último vals