Queridos lectores, siento daros la más triste noticia en este blog. Mi marido Mamarrachi Legarda falleció ayer dejándome con la más grande de las penas y una factura abultada a la que hacer frente.
Estábamos en una terracita tomándonos el vermut, y él ya iba por el martini número treinta y ocho, cuando de repente se llevó las manos a la garganta mientras su cara adquiría el color del vino rojo. Trataba de balbucear algo que parecía ser “dadme agua”, y entonces yo comprendí que algo iba mal, pues mi cariñín odia ese líquido que no contiene alcohol.
Entonces, traté de hacerle una maniobra de desatascamiento, pues se había atragantado con la aceituna. Pero fue en vano meterle todo el brazo por la garganta en busca de la oliva, y murió en mis brazos, mientras cientos de personas nos rodeaban y un camarero me exigía abonar la cuenta, por si aquello era una estrategia para no pagar.
Hoy ha sido el funeral, el día más triste de mi vida. Y es que no solo el sacerdote de la orden de San Alcohol estaba tan borracho que se creía que estábamos enterrando a José Maria Aznar y no dejaba de alabar al infierno por llevárselo, sino que Txetxu hizo una aparición estelar con dos maracas y traje de bailar salsa y se marcó unos movimientos de cintura sobre la tumba de mi cielito.
Claro, que después inició una conga a la que le siguieron todos los asistentes al entierro, que borrachos todos ellos creían que era un espectáculo programado para su disfrute. Me dieron ganas de decapitarlos a todos, pero como estábamos en un cementerio, territorio neutral, no pude.
Y allí, oculto tras una sepultura, vi al causante de toda esta desgracia. Si, lo habéis adivinado, era Kadaverik Funerero, con su larga melena ondeando al viento, el que me sonreía lascivamente. Juré sobre la tumba de mi cielín que me encargaría de vengarlo.
Decidí que Mamarrachi no puede quedarse a dormir allí en el cementerio, por lo que abrí la tumba y me llevé a cuestas el cadáver, con su carita ahora tan pálida, sus ojitos de borrachín ahora vidriosos, y su boca que nunca más volvería a beber alcohol.
Allí descansa, en nuestro lecho nupcial, con su sudario color malva, criando malvas. El hombre al que más quise, la única persona a la que perdoné la vida, me abandonaba sin piedad para marcharse seguramente al cielo, pues así son las cosas, seguro que lo querrían para hacer de doble de San Pedro. Eso no lo podía permitir yo, pues hemos de recordar que en el cielo no hay alcohol.
No he dudado en ir a hablar con Satanás a ver que puede hacer por Mamarrachi. A ellos dos les une una gran amistad, y por eso Satán estaba tan apenado. Cuando le supliqué que devolviera a la vida a Mamarrachi, me aseguró que sería difícil, pero que haría todo lo que pudiera por conseguirlo. Y yo sabía que no me iba a defraudar.
Así que, queridos lectores, no perdáis la esperanza, porque pronto podréis leer los más etílicos posts de todo Internet, de la mano, cómo no, de mi cariñín Mamarrachi Legarda.
Si Jesucristo resucitó al tercer día, Mamarrachi no será menos. Sé que para los mortales será difícil asumir otra resurrección y que es posible que funden una religión en torno a Mamarrachi, pero todo ello mercera la pena. Y sabrán comprenderlo.
Abril 3, 2010
Categorías: Mi vida . . Autor: Mamarrachi . Comentarios: Dejar un comentario